“Sentémonos un rato en este bar
a conversar serenamente.”
La apuesta tal como la entiende Pascal es muy fructífera. Es una idea que suelo transmitir en los espacios de capacitación docente, cuando noto que los maestros y profesores demandan razones que los satisfagan para decidirse a actuar, cuando veo que exigen que esté claro el sentido de la tarea a realizar.
Que un sentido fuertemente instalado en nuestras vidas se debilite, tambalee y sea puesto en duda puede ser algo muy bueno. Tal vez, el debilitamiento de ese sentido que ya habíamos naturalizado sea vivido como un fracaso de nuestro proyecto o nos haga entrar en una crisis que desestabilice las referencias en que se venía apoyando nuestra identidad. A pesar de la crisis, o en virtud de ella, podemos llegar a vivir ese cambio como una experiencia vital, fecunda y filosófica. Quien cambia de proyecto, quien ya no se siente a gusto con su presente, quien vivencia el fracaso de una opción antes considerada válida, se vuelve pensante: se aleja un poco del mundo, se distancia de las cosas. Piensa el mundo y se piensa a sí mismo en ese mundo. En cambio, quien no se pregunta nunca por el sentido de lo que hace y vive, quien va de meta en meta y de éxito en éxito, sin experimentar nunca el cambio y el fracaso, es siempre mundano, no toma distancia del mundo, no lo piensa ni se piensa, no filosofa.
La perplejidad que provoca un cambio vital es fuente de angustia y sufrimiento. Hay que pasar por la experiencia, pero hay que poder salir de ese estado. Esa salida se logra reponiendo un sentido. En definitiva, siempre que se actúa se proyecta un sentido. De lo contrario todo afán deviene absurdo y vano. En todo orden de la vida hacemos como si lo que hacemos tiene sentido y como si ese sentido fuese real. Es la misma operación que efectúan los actores arriba del escenario y los espectadores que están viendo la obra. Sin esa operación, el rey siempre aparecería desnudo ante nuestra mirada. Sería una mirada terriblemente lúcida pero, ¿de qué nos serviría esa lucidez?
En general, quienes nos dedicamos a la docencia no concebimos nuestra tarea solo como un trabajo –entendido como un medio de subsistencia–, sino que pretendemos que sea una ocupación con sentido. No tiene nada de malo realizar un trabajo para ganarnos la vida. En ese caso, buscaremos el sentido en otras ocupaciones. Pero en la docencia trabajo y sentido son indisociables.
Si hay sentido, entonces nuestros esfuerzos, desalientos, decepciones, angustias y dudas no son en vano, pero si el sentido se nos escapa, la tarea se hace insoportable. Cuando el sufrimiento es absurdo, entonces se entra en un círculo vicioso –de sufrimiento en sufrimiento–. Y ese círculo lleva a la enfermedad. He aquí la dimensión dramática de la docencia, similar a la de otras profesiones. El error es creer que el sentido es algo a encontrar. Lo mejor es proponer, pascalianamente, la realización de sentidos a través de la acción de apostar.
Vuelvo a lo dicho en la introducción sobre mi predilección por la voz. Mi predilección por la voz de Sócrates, quien apostó por salir a la calle para dialogar con otros, en lugar de encerrarse a escribir. O la voz del joven sospechado de haber asesinado a su padre –en Doce hombres en pugna– que se hace audible porque hay alguien en el jurado que ha decidido ponerse en su lugar y comprenderlo desde dentro. O la voz “finita y angelical” de Ezequiel, ese niño que parece intratable, pero que en realidad pide a gritos ser reconocido. O las bellas voces de los niños de Los coristas, que aprenden a expresar sus angustias a través del arte musical que su maestro les transmite. O la sincera voz de Unamuno no queriendo morir. O la voz de esos tangos que hablan de deseos y fragilidades. En mi caso –como seguramente es también el caso de muchos padres y docentes– se trata de apostar por la voz al servicio de la transmisión.
Cuando escribí al inicio de este libro que “los otros son mi causa” quise decir que no soy causa de mí, que los otros me constituyen, que soy el resultado de los otros. Pero ahora que releo lo escrito, puedo decir que la misma afirmación significa también que “los otros me causan”, que los otros son la causa –la razón– de mis acciones. En este nuevo modo de usar la frase “los otros son mi causa” el término “causa” es, siguiendo a Aristóteles, causa final. Palabra que nombra el para qué hago lo que hago.
Los otros son, insisto, los recién llegados –o los que llegaron después que yo– y son los destinatarios de mi decir. En definitiva, concebirse como adulto o como viejo es concebirse como alguien capaz de llevar a cabo la transmisión de, al menos, una ínfima parte del mundo humano, y de hacerse cargo de esa responsabilidad hacia los otros.
No soy adulto o viejo por el solo hecho de haber vivido. Alcanzo la adultez cuando logro que lo vivido se transforme en experiencia. La experiencia es, como dice Beatriz Sarlo en Tiempo pasado, “lo que puede ser puesto en relato, algo vivido que no solo se padece, sino que se transmite” (2003, p. 27). La experiencia es el pasaje de lo puramente subjetivo a lo social instalado en el lenguaje.
Esta idea me remite nuevamente a una escena de la película La mariposa. Elsa y Julien están en la montaña. Es de noche y se están por ir a dormir. Pero antes la niña pide a Julien que le cuente un cuento. El hombre responde que no conoce ningún cuento. Entonces la niña le dice: “¿Para qué sos viejo si no sabés contarme un cuento?”.