La función adulta: intermediar y sostener


Puede existir cierta tensión cuando hablamos de escuchar al niño y actuar en consecuencia, puede parecer que nos estamos evadiendo de nuestra función adulta. Es como si dijéramos “bueno, haremos lo que los niños digan”. En realidad, no se trata de una escucha pasiva que solamente haga lo que un niño diga acerca de su querer, sino que se trata también de sostener esa función adulta que en general se vincula con la función de amparar y de sostener. Como adultos que somos no podemos evadir la responsabilidad de la función adulta, relacionada justamente con amparar al niño, ayudándolo a que constituya su subjetividad. Como decía más arriba, el niño siempre es el Otro, porque siempre es más vulnerable que el adulto. El adulto puede pasar por momentos de crisis, puede sentirse frágil, pero su fragilidad nunca puede ser comparada con la fragilidad del niño. El niño sufre también el contexto en el que le toca vivir, sufre la vulnerabilidad ocasionada por ese contexto pero, además, sufre la vulnerabilidad de ser niño. Y esa vulnerabilidad no se resuelve sin el amparo del adulto. Un último ejemplo extraído de películas protagonizadas por niños. La película italiana La vida es bella –dirigida por Roberto Benigni, estrenada en 1997– fue muy cuestionada por su mirada ingenua sobre la Shoá. Pero más allá de esa crítica, puede ser interpretada como una metáfora de la función adulta o paterna. Como metáfora –sin atender a la verosimilitud histórica de la trama– puede ser rescatado como un film sumamente interesante. Analicemos un par de escenas de esta película. El padre –Guido– y su pequeño hijo –Giousé– son llevados en un camión hacia los trenes que los transportarán a los campos de concentración nazis. Justo ese día Giousé cumple años. El niño pregunta a su padre “¿Hacia dónde vamos?” y el padre le responde que ya lo sabrá, que es una sorpresa que le han preparado por su cumpleaños. El niño se duerme y, entonces, Guido pregunta a las otras personas que también están siendo transportadas: “¿Hacia dónde vamos?”. Digo que esta escena constituye una excelente metáfora de la función adulta porque este hombre no tramita su angustiosa incertidumbre con el niño, sino con los otros adultos. El niño no tendría cómo procesar esa incertidumbre tan grave por la que están pasando todos quienes están en el camión. Y el padre decide sostener una ficción que permita al niño no quedar arrasado por una realidad que sería, sin esa malla protectora que provee ese padre, absolutamente insoportable y letal para su hijo. En otra escena Guido se siente morir mientras levanta unos materiales muy pesados, como parte de los trabajos forzados a los que están sometidos. Se siente morir y se lo dice a un amigo que está junto a él: “No doy más. Me muero”. Sin embargo, al llegar al pabellón, su hijo le pide que lo alce y él lo alza. ¿De dónde saca fuerzas para alzar al niño si segundos antes “no daba más”? Podría decirse que esa fuerza proviene del amor, que su amor a su hijo es lo que hace que pueda levantarlo. Sin dudas. Pero prefiero decir que esa fuerza surge de la responsabilidad. Este padre no desiste nunca de la responsabilidad de su función adulta, consistente en sostener al niño. Por esa responsabilidad es que este padre inventa y mantiene hasta el último segundo de su vida la ficción según la cual todo lo que está sucediendo es un juego y que para ganarlo, y llevarse el premio, el niño tiene que ir haciendo todo lo que su padre le diga. Gracias a que el niño acepta esta ficción, puede moverse, esconderse, hacer silencio, fingir, etcétera. Si Guido le dijera a Giosué “nos van a matar, nos van a aniquilar…” ya no haría falta esperar la muerte de ese chico. Ya estaría muerto en vida porque la sola verdad lo destruiría. Esa verdad es tan destructiva que dejaría al niño paralizado, incapaz de hacer nada para salvarse. La ficción que le arma el padre lo ayuda a sobrevivir, porque el hijo puede seguir siendo un sujeto activo en esa realidad. Algunos, seguramente, criticarán esta actitud del padre porque, en definitiva, está mintiendo. Pero si seguimos interpretando esta película como metáfora de la función paterna, entonces en lugar de ver mentiras, veríamos ficciones. Cabe plantear que la ficción que el padre ofrece a su hijo para que este pueda moverse en esa realidad, es –salvando las distancias– lo que hacemos los adultos cuando enseñamos a nuestros hijos o a nuestros alumnos el mundo de la cultura. Cuando leemos un cuento o invitamos a leerlo, cuando enseñamos los contenidos y procedimientos de los distintos espacios de conocimiento en que se segmenta el saber escolar –las artes, las ciencias, la historia, los derechos, los valores, las normas– transmitimos ficciones que enriquecen la realidad de los niños y que los habilitan a hacer algo con esa realidad. Digo ficciones, no mentiras ni falsedades ni errores. Todo el mundo humano, todo el mundo de la cultura, todo el saber, es una ficción en tanto construcción, creación o invención humanas. Gracias a esas ficciones los seres humanos somos capaces de interpretar, significar la realidad de distintos modos e ir cambiando nuestra manera de posicionarnos y de actuar respecto de ella. Son ficciones que dan sentido, que logran una toma de distancia respecto de los hechos crudos –si es que es posible admitir la existencia de hechos crudos– y que van generando cada vez mayores capacidades en los niños para desenvolverse en los diversos contextos en que se insertan sus vidas. Alzar al niño es lo que hacemos los padres, los docentes y otros adultos cercanos. Porque sostener es una acción que realizamos cotidianamente, con nuestros gestos, con nuestro cuerpo. El sostenimiento no es solo de palabra, sino que nos compromete físicamente: La madre que da el pecho y sostiene al bebé con sus brazos. – La contención con las manos para mantener al niño sentado, cuando aún no puede hacerlo por sí mismo. – La mano que acompaña la marcha del chico cuando empieza a dar sus primeros pasos. – El “dar la mano” en distintas situaciones. Por ejemplo, para cruzar una calle o para ayudar a que el chico pueda subirse a un juego en una plaza. – Suele ser espontáneo el gesto adulto de levantar al niño que llora, de tenerlo cerca, cara a cara, y de ofrecerle cosas para aliviar el llanto. Y son los adultos quienes lo incentivan a desplazarse, a moverse. Es un sostén a la vez que una provocación: un adulto extiende sus brazos para que el niño se anime a andar, otro adulto lo sostiene antes de soltarlo para que llegue a su objetivo por sí solo. Porque el objetivo no es atar sino librar. Pero el niño necesita del sostén para ir librándose de él. Dice Winnicott: Los bebés son muy sensibles al modo como se los sostiene; por eso lloran cuando están en brazos de una persona y descansan tranquilos en los de otra, ya desde muy pequeños. A veces una niña pequeña pide tener en brazos a un hermanito recién nacido, y esto constituye un gran acontecimiento para ella. Una madre prudente, si le permite hacerlo, no depositará en ella toda la responsabilidad, y estará presente todo el tiempo, lista para volver a tomar al bebé en sus brazos seguros. Una madre prudente no dará por sentado que la hermanita mayor se siente segura con el bebé en sus brazos; esto sería negar el significado de la experiencia (1989). El compromiso físico de los adultos puede ir mermando a medida que el niño crece, pero la acción de sostener continuará durante mucho tiempo.