El personaje emblemático que llevó a cabo la práctica del diálogo es Sócrates, quien fue considerado en su momento el más sabio de su ciudad, Atenas. En Apología de Sócrates, Platón (1991) cuenta que alguna vez un amigo de Sócrates fue a decirle que había estado en el Oráculo de Delfos, y que el Oráculo le había dicho que Sócrates era el más sabio.
Entonces Sócrates, al enterarse, se pregunta por qué dice el Oráculo que es el más sabio, si él ha dicho muchas veces que no sabe nada. La frase más famosa atribuida a Sócrates es, justamente “Solo sé que no sé nada”. A partir de esta afirmación del Oráculo, Sócrates se propone hablar con aquellos que sí son considerados sabios en la sociedad y que sí se consideran a sí mismos sabios. En esos diálogos, Sócrates empieza a ver que los sujetos que se consideran sabios, en realidad no saben. ¿Y cómo se da cuenta de que no saben? Haciendo buenas preguntas. Sócrates pregunta y pregunta, y estos hombres que empiezan hablando con mucha seguridad, se sienten conmovidos por esas preguntas, empiezan a caer en contradicciones, hasta que en un momento aceptan sentirse perplejos. La palabra perplejidad aparece en los textos platónicos, en expresiones como “me siento perplejo”, es decir “no sé qué decir ante tantas preguntas”. Sócrates genera fastidio por ser tan incisivo y tan molesto.
Y Sócrates dice que cuando el otro se ha sentido perplejo y no ha podido responder, los participantes pueden empezar a pensar juntos, pueden empezar a dialogar. Porque el diálogo requiere de sujetos que se consideran falibles, el diálogo se cifra en sujetos que reconozcan una falta, en sí mismos y en los otros también. Sujetos que no se dejan llevar por las autoridades supuestamente sabias. Porque el diálogo necesita sujetos autónomos y capaces de reconocer su propia ignorancia, su propia falibilidad. Si no hay falla, no hay diálogo. Aquel que piensa que sabe, no tiene deseo de saber. Y tampoco tendrá deseo de saber qué piensa otro sobre ese tema acerca del cual se siente autoridad.
El diálogo necesita de la falibilidad. Cuando Sócrates dice “solo sé que no sé nada”, seguramente no está queriendo decir nada en términos absolutos, porque sabía mucho, era muy inquieto e informado. Lo que Sócrates quiere decir es que él puede llegar a saber algo, pero frente al Saber, y frente a lo que se puede llegar a saber, lo que él sabe no vale nada. Y además, Sócrates quiere decir que su saber es siempre falible –es decir, él también, como ser humano que es, es falible– y aquello que pueda parecer más seguro, en algún momento puede dejar de serlo. Sócrates se consideraba ignorante. Pero estaba orgulloso de su ignorancia porque, según él, era una “ignorancia sabia”. Esta ignorancia es consciente: implica saber que no se sabe. A ella se contrapone la “ignorancia necia” que es la que se ignora a sí misma: es la de quien no sabe pero cree saber. Por eso, Sócrates era el más sabio: porque sabía que no sabía. Los demás ni siquiera sabían que no sabían. La diferencia es esencial: quien cree saber no tiene deseo de saber; en cambio quien acepta no saber, entonces desea saber, dialogar, buscar, investigar. La falta es la causa del deseo.
La condición del diálogo es la aceptación de la propia falibilidad. Cuando hay sujetos inflados, infatuados, que creen saber y se creen infalibles, entonces se obtura toda posibilidad de dialogar.
Sócrates no escribió. No dejó ninguna obra escrita. Y si sabemos de su existencia es porque otros escribieron sobre él. Sin embargo, Sócrates no escribió no porque no supiera escribir o porque no le interesara la lectura –era, sin dudas, un hombre culto–, sino porque estaba en contra de la escritura. Sócrates estaba en contra de la escritura porque no daba lugar al diálogo, porque cuando alguien escribe no está con otro, está solo. Y cuando alguien lee, también está solo. No se da el “cara a cara”, no se da el diálogo. Cuando está el autor, no está el lector y cuando está el lector, no está el autor. Y como él quería el diálogo, prefería dejar de lado la escritura. En Fedro, Platón le hace decir a su personaje Sócrates:
Pues eso es, Fedro, lo terrible que tiene la escritura, y que es en verdad lo que ocurre con la pintura. En efecto, los productos de esta se yerguen como si estuvieran vivos, pero si se les pregunta algo se callan [...] Lo mismo les pasa a las palabras escritas, al oírlas, o al leerlas, se creería que piensan, pero si se les pide una explicación sobre el objeto que contienen, responden siempre la misma cosa. Y si un escrito es criticado, o reprobado injustamente, constantemente necesita de la ayuda de su padre pues por sí solo no es capaz de defenderse o de rechazar los ataques (1991b, p. 659).
Es decir, según Sócrates no hay un sujeto vivo ahí en el libro, en la palabra escrita. Hoy tenemos otra mirada sobre el texto escrito y su lectura, y muchos enfoques de lectura y escritura consideran que la escritura puede ser algo vivo, pues los lectores también la resignifican, que los libros no son hojas muertas, sino que cobran cada vez nuevos sentidos en la medida en que son leídos. Un sujeto puede leer una obra en un tiempo y después volver a leerla, y encontrar otra obra, tal vez porque ese sujeto ha cambiado, ya no es el mismo, entonces la obra tampoco es la misma. Hay una idea de dinamismo que no se encuentra en la posición socrática. Pero el rechazo de Sócrates a la escritura es a la autoridad cristalizada, a una posición fija, estática, a una posición que no cambia, que no acepta las críticas.
Platón, sin embargo, se decidió a escribir, y puede considerarse que fue el fundador del diálogo como género literario. Había previamente algunos diálogos ya escritos, pero nadie desarrolló este género como lo hizo Platón. ¿Por qué Platón no hizo lo que su maestro Sócrates? ¿Por qué Platón escribió? ¿Y por qué escribió diálogos? Una posible respuesta es que Platón le respondió a su maestro mostrándole que era posible escribir obras dialógicas, en las que se diera un intercambio entre sujetos y que, además, pudiera ser una obra interpretada cuando se la leyera, es decir una obra viva en la que otro, como lector, también entra en diálogo con esos sujetos que dialogan en la obra.
El diálogo de Platón se destaca por algunas características que nos permiten pensar el diálogo en la actualidad.
Una de las características del diálogo de Platón es que sucede en la cotidianeidad, es decir que la acción del diálogo no se da en situaciones extraordinarias, sino en situaciones ordinarias. El personaje Sócrates se encuentra con alguien y hablan. Pueden hablar de cuestiones que tienen que ver con el paisaje o con el calor que hace… Hay frases que dan cuenta de una situación cotidiana. Hasta que en un momento van entrando en un diálogo y aparece una temática, que por supuesto Sócrates siempre busca plantear.
Otra característica del diálogo platónico se vincula con el título de los diálogos, que remiten al nombre de uno de los participantes del dialogo –Hipias, Protágoras, Meneo, Timeo, Fedro, Fedón–. En general, estos nombres se refieren a personas comunes. No son nombres de reyes, como podrían ser los títulos de las tragedias griegas escritas en esa misma época, sino de personas comunes, de vecinos. Incluso hay un diálogo titulado Menón, que es el nombre de un esclavo. No son nombres de grandes figuras. Quiere decir esto que cualquiera podría estar participando de un diálogo y ser título, ser protagonista. No hay ahí nadie especialmente capacitado para dialogar. El mensaje que extraigo de los textos platónicos es que el diálogo no debe ser algo extraordinario ni entre personas extraordinarias. Por el contrario, debe ser algo común, cotidiano y ordinario, que debiera estar presente en la vida cotidiana y ser ejercido por cualquiera.
Podríamos pensar cuánto de diálogo hay en los lugares en los que nos encontramos, en los intercambios que hacemos con otros. Deberíamos pensar que el diálogo no es cualquier intercambio de palabras, no es una charla, no es cualquier forma de comunicación. El diálogo es una búsqueda común, algo que se proponen los sujetos y que no está dado, sino que va a surgir como producto del diálogo mismo. Es algo que no está previamente en esos sujetos, sino que estará como producción de esos sujetos. Está delante, no antes.
Platón da el ejemplo de las dos piedras que se friccionan. Ambas producen la chispa, pero la chispa no está en las piedras, sino que es producto de la fricción. Ahí aparece lo interesante del diálogo, pero que no debería ser algo considerado especial, sino que debería estar instalado como algo propio de la auténtica comunicación humana.
Otra característica del diálogo platónico es que apela a la razón y no a los sentimientos. Cada vez que aparece un sentimiento, o bien el sujeto debe ser retirado o es necesario traspasar el sentimiento para seguir dialogando. Hay escenas donde Sócrates se está por morir, pues ya bebió la cicuta, y está dialogando sobre la muerte con sus amigos. Estos, y también su esposa, están conmovidos porque el querido maestro se está muriendo. Pero cuando aparece el llanto, él pide que se retiren, diciendo que el que llora se va, debe retirarse de este juego del diálogo, porque donde aparece la emoción, aparece la particularidad.
¿Qué está queriendo decir ahí el diálogo platónico? Que la razón es aquello que nos comunica con los otros en aquello que tenemos en común. La razón es una facultad que tienen todos los sujetos humanos y que puede servirnos para llegar a acuerdos, para llegar a la verdad, que se relaciona con lo común y con lo universal. Mientras que la emoción o el sentimiento, entendido así, sería aquello que nos particulariza, aquello vinculado con lo que yo siento, con lo que a mí me pasa, pero que no puedo pretender que al otro también le pase, porque es algo propio. La razón se puede compartir, se puede poner en discusión. Yo no le puedo pedir a otro que sienta lo que yo siento, porque es lo que me pasa a mí –es mi odio, es mi amor, es mi ira–. Es lo particular. Pero sí puedo intentar dar razones de por qué otros deberían llegar a las mismas conclusiones racionales a las que he llegado yo. La razón es universal. Los sentimientos son particulares.