La respuesta al llamado del Otro


La acción de la directora del relato merece ser considerada una acción ética. Su acción es ética por haber activado el reconocimiento hacia el niño. También es ética porque la docente hace algo que podría no haber hecho. Y justamente lo que define a una acción como acción ética es el ejercicio de la libertad. Teniendo en cuenta que ella empieza a tomar distancia de la conducta y decide actuar –podría no haber hecho aquello que decide hacer–, me parece que ahí hay una decisión ética. Para la directora tal vez hubiera sido más sencillo llamar al equipo de orientación, aceptar la orientación de ese equipo, seguir ciertos pasos y no hacerse tanto cargo de esa situación. Sin embargo, la docente se hace cargo, lo cual requiere tiempos, espacios, seguramente también requiere que deje de lado otros asuntos, que tenga que cerrar la puerta de la dirección para dialogar con Ezequiel.

Y, fundamentalmente, hay una dimensión ética de su acción porque la docente está respondiendo al reclamo de ese niño; está respondiendo a lo que el filósofo Emmanuel Levinas (2001) define como “el llamado del Otro”. Es decir, no solo está preocupada por un conflicto que se está dando en la escuela y quiere resolver esa situación, sino que está respondiendo a un llamado. Ese llamado del niño no está compuesto de palabras. No dice explícitamente “por favor atiéndanme”, no dice con palabras lo que necesita, sino que con sus conductas está llamando la atención y de algún modo está pidiendo algo. La directora reconoce ese llamado y decide actuar.

Levinas dice que la acción ética se da cuando el sujeto responde al llamado del Otro, entendiendo al Otro como aquel más vulnerable. El Otro es aquel que está en una situación de mayor vulnerabilidad que yo. Yo reconozco que me llama, que me reclama, y siento que debo actuar para responder a ese llamado. Cuando siento ese deber, en realidad ese deber no surge de mí, sino que surge de ese otro. Esa es una de las diferencias entre Levinas y Kant: para Kant el deber surge del sujeto racional que se da a sí mismo la ley. Para Levinas, por el contrario, el deber surge del Otro y se relaciona con ese llamado, con ese reclamo. Para Levinas el Otro, entendido como el vulnerable, es la víctima.

Propongo considerar que todo niño es más vulnerable que nosotros, adultos, que todo niño es el Otro, que por cierto Levinas lo escribe con mayúscula porque está queriendo decir que el Otro, si bien es más vulnerable, más débil que nosotros, en realidad se transforma en nuestra autoridad. Es quien nos está mandando a actuar, nos está exigiendo que hagamos algo. Para Levinas –al contrario de lo que pensamos de la asimetría en los roles que vamos ejerciendo en las escuelas– es ese Otro débil, vulnerable, quien tiene la asimetría a su favor, quien de algún modo sería superior. El Otro sería nuestra autoridad porque nos está mandando, nos está pidiendo que actuemos.

El Otro es el desaventajado, el débil, la víctima, el necesitado. Y el deber ético surge como respuesta a su reclamo. El Otro no es una abstracción. Es un ser concreto que se me presenta aquí y ahora y a quien debo responder. Y debo responder independientemente de que el Otro me responda a su vez. El compromiso ético no depende de una reciprocidad pasada, presente o futura. Es decir, no es que yo me sienta obligado ante él porque él haya hecho algo por mí en otro momento o vaya a hacerlo en caso de que yo lo necesitara: “…en el punto de partida me importa poco lo que el otro sea con respecto a mí, es asunto suyo; para mí, él es ante todo aquel de quien yo soy responsable” (Levinas, 2001, p. 130).

La relación ética no es impersonal –por ejemplo, no se dirige al alumnado–, sino que es una relación cara a cara, en la que el Otro aparece como rostro. El término rostro implica que el Otro no puede ser reducido ni asimilado y que debe ser reconocido en su radical diferencia. El Otro es débil, y

[...] es precisamente esa debilidad lo que hace que lo coloque como el Rostro de un acto moral: soy plenamente y verdaderamente para el Otro, ya que soy yo el que le otorga el derecho de ordenarme, de darle fuerza al débil, de hacer que el silencio hable, que el no ser se convierta en ser, al ofrecerle el derecho de ordenarme (Bauman, 2004, p. 87).