La dimensión ética tiene al menos dos aspectos. Lo más común es hablar de la ética cuando nos referimos a nuestra relación con los otros: si nuestras acciones son a favor o en contra de los otros, si respondemos o no al llamado del Otro, si las consecuencias de nuestros actos son buenas o malas, si nuestras acciones producen alegría o mitigan el dolor nuestro y de los demás o si generan sufrimiento.
Pero hay otro aspecto de la ética que está relacionado con uno mismo. Es la ética entendida como “arte de vivir”. El sujeto ético es quien puede hacerse cargo de la propia obra, es decir no solamente en relación con los demás, sino también en relación con uno mismo. El sujeto ético es el que se hace cargo del propio proyecto.
Un filósofo francés llamado Michel Onfray (2000), en su libro La construcción de uno mismo, relaciona la ética con el arte de vivir, y lo vincula con la acción del artista. Así como el artista hace su obra moldeando, por ejemplo, el mármol, y trabaja con la resistencia del mármol para lograr esa obra que proyecta, así haríamos nosotros con nuestras propias vidas. Vamos moldeando nuestra propia obra, que es nuestro propio proyecto acerca de quién queremos ser. Con la dureza de la realidad y con la dureza de lo que nos toca, ya sea en términos personales, en términos de cómo estamos constituidos, pero también con esa realidad que nos circunda. Esas son las durezas, ese sería el material, el mármol, con el que tenemos que trabajar. Ser ético sería asumirse como creador de la propia obra, sabiendo que esa obra siempre será inconclusa. Al referirse a este aspecto de la ética, el último Foucault (2005) –el del Uso de los placeres– hablaba de la ética como “estética de la existencia”. Somos artistas de nuestra propia existencia cuando nos preguntamos qué queremos hacer con nosotros, quiénes queremos ser y qué obra estamos realizando con nuestra acción.
La directora del relato actúa éticamente no solo en relación con Ezequiel, sino también en relación con ella misma. Lo mismo cabe decir del maestro de Los coristas. Ambos actuaron intentando responder a la preguntas ¿cómo debo tratar a este niño o a estos niños? ¿qué debo hacer para responder a sus llamados? Pero también actuaron preguntándose: ¿cómo quiero vivir?, ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero ser visto?, ¿cómo quiero ser frente a los demás?, ¿de qué manera quiero ejercer mi rol de directora o de maestro?, ¿cómo quiero vivir mi vida, esta vida que me toca en el contexto que me toca? Se trata, entonces, de la ética no solo como la pregunta sobre lo bueno y lo malo respecto de nuestra relación con los otros, sino de la ética pensada también como arte de vivir o como el reconocimiento de que somos responsables de quienes somos.