Habilitar el decir a través del diálogo


Lo que trato de destacar del pensamiento de Kant es que el sujeto mayor de edad es alguien capaz de decir. Es alguien capaz no de repetir, sino de decir. Señalo aquí una diferencia entre quien dice y quien repite, ya que podemos encontrar muchos sujetos que repiten pero no dicen. Esta es una idea que también aparece en Heidegger, como “existencia inauténtica”, es decir la existencia del sujeto que se deja llevar por lo que se dice, por lo que se piensa, por lo que se hace, y que no es capaz de hablar por sí mismo. La existencia inauténtica es la de alguien que está repitiendo lo que otros dicen y que, en definitiva, no termina de constituirse como sujeto autónomo.

La diferencia entre repetir y decir aparece de manera magistral en un bello libro de Italo Calvino (1986), Las ciudades invisibles. En ese libro, Calvino construye metáforas a partir de la descripción de ciudades ficcionales, donde cada una puede significar algo para nosotros, puede decirnos algo acerca de nuestra propia sociedad o de nuestra propia ciudad. En las ciudades invisibles, el personaje central es Marco Polo, quien viaja por distintos lugares y luego narra al emperador lo que ha visto. Una de esas ciudades es Aglaura, donde lo que observa Marco Polo es que todos los habitantes dicen lo mismo de esa ciudad. Y si todos dicen lo mismo es porque todos repiten lo mismo. Y él, desde su mirada extranjera, no reconoce lo que los habitantes dicen de la ciudad de Aglaura, no encuentra relación entre lo que dicen esas palabras proferidas por los sujetos que viven ahí y lo que él va viendo. Pero Marco Polo entiende que los habitantes de Aglaura están a gusto, que están satisfechos con ese discurso, que esa Aglaura relatada les alcanza para vivir.

Podríamos pensar que Aglaura es una metáfora del discurso dominante, en tanto relato sobre la realidad que logra imponerse, y que todos repiten sin pensar, transformándose en la misma realidad. Dice Marco Polo sobre Aglaura: “a ciertas horas, en ciertos escorzos de camino, ves abrirse la sospecha de algo inconfundible, raro, acaso magnífico; quisieras decir qué es, pero todo lo que se ha dicho de Aglaura, hasta ahora, aprisiona las palabras y te obliga a repetir antes que a decir” (Calvino, 1986, p. 31).

Imagino a Marco Polo entrando en una escuela de Aglaura y sosteniendo una conversación con docentes de esa escuela. Seguramente, algunos de ellos le dirían que “en estas condiciones no se puede enseñar”, “los chicos ya no se interesan por nada”, “la violencia entre los alumnos es cotidiana e impide el normal desarrollo de una clase”. Mientras Marco Polo escucha estas afirmaciones, mira a través de las ventanas que dan a las aulas y ve a docentes dando sus clases, a niños o adolescentes atendiendo o haciendo como que atienden, tomando nota, pasando al frente y escribiendo en el pizarrón. Es decir, en esta situación imaginada, la realidad que ve Marco Polo desmiente –aunque sea en parte– lo que en ese mismo momento está escuchando. Marco Polo tendría derecho a preguntarse, entonces, “¿de dónde viene este discurso?, ¿por qué no veo que sucede aquello que me están contando que sucede?”. Y si nuestro personaje se encuentra con maestros y maestras jóvenes de Aglaura que recién ingresan a la docencia, es probable que escuche decirles lo mismo que ya ha escuchado decir a docentes que están ejerciendo su profesión desde hace muchos años. ¡Qué pena que estos jóvenes hayan preferido repetir lo dicho por otros en lugar de construir sus propios discursos a medida que discurren sus propias experiencias! Porque, en definitiva, el problema no es el discurso mismo. El problema es que este discurso es tomado por la realidad, vale por la realidad misma. Y la realidad deja de importar.

Hablamos de una diferencia entre repetir y decir. Repetir parece venir de otro. Cuando repetimos, somos hablados por otros. Si analizamos las actuales campañas políticas y aplicamos idea de “minoría de edad”, observamos un infantilismo que se expresa en un repetir, en un no decir o en un no querer decir. Aparece como lugar común aquello que se espera que estos candidatos digan, y no un sujeto que dice lo que piensa y lo que quiere hacer. Ese infantilismo se traslada incluso a spots publicitarios donde aparecen niños hablando y diciendo lo que habría que hacer. En estas propuestas hay una “minoría de edad” en sentido kantiano. También puede ser que haya un no decir estratégico, es decir ciertas campañas que se basan en un no decir, justamente, porque es una forma de poder generar la adhesión, sin generar conflicto. Pero, en general, cuando escuchamos algunos discursos de la política, podemos sospechar que ese no decir no es una estrategia, sino que pareciera ser un vacío de ideas, de proyectos.

La “minoría de edad” de Kant se parece bastante a la “existencia inauténtica” de la que habla Heidegger (1951) en El ser y el tiempo. En esta obra Heidegger se refiere a la disolución del “yo” en el “se”, la disolución de lo personal en el impersonal, la disolución del “yo pienso, yo deseo, yo hago”, en el “se piensa, se desea, se hace”… Finalmente, terminamos haciendo lo que “se hace”, pensando lo que “se piensa”, sintiendo lo que “se siente”. Dejamos de ser nosotros mismos para ser transmisores de algo que está, por supuesto, vigente en la sociedad y que nosotros reiteramos, repetimos.

Ese impersonal se caracteriza por dos aspectos fundamentales: uno es la “habladuría”, en términos heideggerianos –que incluye la “escribiduría”–, que sería la transmisión y reproducción de lo que se habla. Por ejemplo, podemos escuchar a sujetos que repiten lo que ya hemos escuchado en la radio o que ha sido publicado en el diario.

¿Nos nos pasa, a menudo, que escuchamos a alguien opinar sobre un asunto y nos damos cuenta de lo que va a decir? Si lo interrumpiéramos y le dijéramos: “no hace falta que usted continúe hablando; ya sé lo que me va a decir”. En ese caso, sería posible que esta persona se sorprendiera y preguntara “¿pero cómo sabe lo que yo le voy a decir si aún no lo dije?”. Ahí nos daría la oportunidad de responder heideggerianamente: “porque usted no está hablando, el que habla es otro, y usted es un transmisor de otro que habla. Usted no está hablando, está repitiendo, está siendo hablado por otro. Está repitiendo, por ejemplo, lo que dice tal periodista en tal programa de radio que usted escucha todos los días y que le ‘está comiendo el coco’”.

Esa es la diferencia entre decir y repetir. Cuando lo único que hacemos es repetir, estamos formateados por otros, y no somos capaces de pensar eso que nos es dado. Por supuesto, no se trata de rechazar aquello que nos es dado dentro del contexto en el que estamos viviendo, sino que habría que ver qué traducción hacemos, qué apropiación hacemos de aquello que recibimos. Tampoco se trata de ser originales –nadie es enteramente original, ya que nuestras ideas se construyen a partir de lo dado por los otros–. Se trata de ser genuinos.

Una característica de ese impersonal es la habladuría. La otra es la avidez de novedades, es decir el vivir atado a la novedad, querer obtener todo el tiempo la primicia. Aquí tenemos un problema para la educación. Heidegger lo decía a principios del siglo xx, pero uno podría pensarlo para la actualidad: se trata de pensar cómo los medios terminan haciéndonos sujetos atados permanentemente a la novedad. Vamos conformando nuestra visión de la realidad según lo que nos transmiten los medios; entonces esa visión que tenemos es una visión muy fragmentada, porque está siempre atada a lo que va sucediendo cada vez. Hoy estamos preocupados por la crisis económica en Brasil, pero mañana vamos a estar preocupados por alguna guerra, y pasado mañana por alguna inundación, y vamos olvidando aquello que nos preocupaba ayer o antes de ayer. Estamos totalmente sujetos a un presente, pero sin poder construir una historia, sin poder ver procesos. Entonces esa consciencia que se va conformando allí, tan fragmentada, tan atada a lo que sucede aquí y ahora, no logra construir una idea sobre las razones por las cuales algo sucede. No logra historizar.

En consecuencia, eso nos conforma a nosotros como ciudadanos en una sociedad mediatizada. La educación debiera reponer aquello que los medios no brindan, y que no van a brindar, porque no está en su lógica. Debe reponer procesos, debe reponer historia. La educación no tiene que estar sujeta a la novedad, tiene que salir de esa lógica mediática que necesita siempre de la primicia.

Recapitulando, entonces, decimos que es “menor de edad” aquel que vive inauténticamente porque no logra decir, porque no logra pensar por sí mismo, porque no logra armar su propia visión del mundo, ni tampoco armar su propio proyecto y hacerse cargo de ese proyecto.