“Fui conociendo algo de su mundo, el dolor por la pérdida reciente de su mamá... su pasión por la música”. La autora del relato comienza a escuchar a ese niño, y lo reconoce. El reconocimiento de la directora hacia el niño es, tal vez, la clave del éxito de esta acción.
¿Qué quiere decir reconocimiento? Podríamos decir que ser reconocido es ser visto por los otros, es existir. Tzvetan Todorov (1995), en su texto La vida en común, hace un recorrido por el concepto de reconocimiento que me interesa traer en este momento. Dice allí que el deseo de reconocimiento en los sujetos humanos es tan vital como el deseo de satisfacer necesidades biológicas. Pero que a diferencia de las necesidades biológicas, que se pueden satisfacer, el deseo de reconocimiento es insaciable.
Hay una diferencia en el texto de Todorov, entre “vida” y “existencia”. Mientras que todos los seres vivos –plantas, animales y humanos– necesitan vivir, y para eso necesitan satisfacer sus necesidades biológicas, el sujeto humano es el único entre los seres vivos que además de vivir necesita existir. Y existir va mucho más allá de la vida. La existencia se relaciona con poder ser para otros, con la vida en común. No hay existencia sin otros. Solo existimos cuando hay otros, y existimos también para otros. Existimos, además, porque los otros están en nosotros, es decir existimos como sujetos constituidos también por los otros.
Todorov (1995) dice: “la necesidad de ser mirado no es una motivación humana entre otras, es la verdad de las otras necesidades” (p. 36). Y cita a Víctor Hugo, “los animales viven, el hombre existe” (p. 83). De ahí toma Todorov esta diferencia entre vida y existencia que nos permite pensar que se puede existir aun cuando ya no se viva. Podríamos reconocer la existencia de sujetos que ya no viven pero siguen siendo reconocidos, siguen siendo hablados, siguen siendo nombrados, siguen siendo relatados, para bien o para mal, pero siguen existiendo.
Y además está la existencia de los otros en nosotros. Eso hace posible que alguien pueda existir cuando ya no vive. Por ejemplo, mi padre ya no vive pero existe. Yo puedo reconocer su existencia en mí mismo, lo puedo reconocer porque veo que hay algo de él en mí. Estoy constituido por él, aunque él ya no viva. Soy algo de él. Cuando mi padre murió –mi viejo– yo tenía veinte años. Lo primero que sentí es que había perdido su voz. Tenía su imagen en fotografías y aún estaba su ropa con su olor. Pero no conservaba ninguna grabación de su voz –hablada o cantada–. Muchos años después descubrí, mientras cantaba un tango en un recital, que su voz estaba en mi voz, que yo tenía su voz –aunque no fuese idéntica–. Desde ese día, descubrí su existencia en mí.
También podría darse el caso de alguien que aún vive, pero que no existe o que tiene muy debilitada su existencia. Cuando hablamos de inclusión social, no nos referimos solamente a una cuestión económica, nos referimos también a una cuestión existencial. Los sujetos que no están incluidos pueden estar sufriendo el debilitamiento de su existencia. Son personas olvidadas por otros, aun cuando estén viviendo. “Yo comencé la muerte por soledad” escribe Víctor Hugo “La existencia puede morir antes de que la vida se apague” (citado en Todorov, 1995, p. 92). Esto que dice Víctor Hugo, y que toma Todorov, es clave a la hora de pensar en la educación y en algunas cuestiones relacionadas con la vida en las instituciones.
Muchos de los malestares que sufren los adultos en las instituciones, los docentes, las autoridades, están vinculados con la ausencia de reconocimiento. Muchas de las quejas que encontramos en los espacios de capacitación se vinculan con sujetos que no se sienten reconocidos, que no se sienten valorados en lo que hacen. Que no se sienten vistos. O que solo son vistos cuando aparece la falla o el defecto. Solamente son vistos cuando aparece la reprimenda, es decir son vistos en la acción defectuosa, nunca en la buena acción.
Esto se puede trasladar también al mundo de los niños y al de los adolescentes. Chicas y chicos que no se sienten mirados, que no existen, no sienten su existencia dentro de esa institución o dentro de ese grupo. Solo aparecen a la vista de otros cuando producen algo disruptivo. Incluso es razonable pensar, y creo que a veces es clave para pensar algunas de las conductas de los chicos, que esas disrupciones o actitudes tienen como fin llamar la atención, intentar ser vistos, aunque sean mal vistos, aunque sea a través de un rechazo, porque el rechazo aun es mejor que la absoluta indiferencia de los otros. Ahí podría encontrarse una razón fuerte de por qué suceden ciertas cosas con algunos chicos en algunas instituciones, y cómo hay espacios que dan un mejor lugar a esos chicos, una mejor posibilidad de que sean vistos, reconocidos. Espacios, actividades, proyectos que propician que los chicos sean vistos, no para ser castigados, no para ser reprimidos, sino para ser valorados.
Todorov (1995) habla de dos tipos de reconocimiento: uno es el “reconocimiento por conformidad”, que es el deseo que tenemos los sujetos humanos de ser tratados como iguales. Es decir, no queremos ser discriminados. Menos aún queremos ser maltratados. El reconocimiento por conformidad es, simplemente, no ser tratados como inferiores.
Pero somos tan neuróticos que, además, los sujetos humanos queremos ser reconocidos como distintos. Es decir, por un lado, como iguales pero también como diferentes. Queremos ser valorados por aquello que podemos aportar, por aquello que somos en cuanto sujetos. Queremos ser reconocidos en nuestra especificidad. Queremos ser valorados, y en lo posible, valorados positivamente. A esta forma de reconocimiento, Todorov la llama “reconocimiento por distinción”.
Esta continua necesidad de reconocimiento es lo que se pone en juego en cualquier situación de convivencia humana, ya sea en la familia, entre hermanos, chicos, alumnos o en situaciones profesionales entre adultos. Sentiríamos insatisfacción si no fuéramos reconocidos en algo en lo que podemos aportar. Además, el reconocimiento, que se podría vincular con el intento de propiciar la autoestima de los sujetos, es el motor del compromiso. Los sujetos humanos podemos tener un deseo de comprometernos en un proyecto colectivo si sentimos que lo que podemos dar, vale. En cambio, si nos sentimos despreciados, si sentimos que lo que damos no vale, que nunca ha sido visto, que a nadie le interesa, ¿por qué habríamos de querer comprometernos con algo o alguien?
A veces, en el rol de directivos, exigimos cierto compromiso de los sujetos, cuando en realidad no los estamos valorando en lo que pueden dar, en aquello que pueden hacer. El reconocimiento es algo importante a la hora de hacer que el sujeto se comprometa, participe y se exprese. El niño del relato, Ezequiel, se compromete como alumno –y empieza a andar bien en las materias– luego de sentirse reconocido.