En busca del sentido


La niña protagonista de la citada película La mariposa se sorprende al saber que la vida de las mariposas dura solo unos días. Y Unamuno dice: “si muero, ya nada tiene sentido”. La niña y Unamuno coinciden en este punto: se preguntan, en definitiva, por el sentido de la vida y relacionan ese sentido con la finitud o infinitud de la existencia.

Quienes sienten, como Unamuno, que no hay sentido de la vida si no es trascendente, encuentran respuestas satisfactorias en la religión. Estas respuestas giran en torno de la vida, la muerte y el sufrimiento humanos.

Para la religión –al menos para la tradición judeo-cristiana– el sentido de nuestras vidas es un sentido dado, otorgado por Dios. Y el hombre de fe es quien acepta ese sentido trascendente, aunque su entendimiento humano –limitado– no logre comprender la voluntad divina. Un texto que expresa esta idea es el libro de Job, que forma parte del Antiguo Testamento.

La historia de Job es la historia de un hombre bueno, creyente y fiel servidor de Dios. Tiene todos los bienes necesarios –ovejas, camellos, bueyes, asnos– para llevar una buena vida. Y es un padre feliz: tiene siete hijos varones y tres hijas mujeres. El Señor lo alaba por su simplicidad y virtud. Pero el demonio no cree en esa virtud. Considera que Job es fiel a Dios solo porque está agradecido por tener tantas posesiones y buena suerte. Dios, entonces, concede al demonio la posibilidad de que tiente y azote a Job, pero sin quitarle la vida. En esa apuesta entre Dios y el demonio, Job pierde todos sus bienes, pierde a sus hijos, y sufre dolorosas enfermedades.

En medio de la catástrofe, Job dice: “desnudo vine al mundo y desnudo volveré al lugar del que he salido. Dios me lo dio, Dios me lo ha quitado. Alabado sea su nombre” (Job, 1:21). Finalmente, Dios dice a Job que no debe averiguar las razones que tuvo para afligirle, pues los seres humanos no pueden conocer las impenetrables razones de los divinos juicios. Y una vez probada su fe, Dios devuelve a Job sus bienes y le da nuevamente descendencia.

En general, se acude a este relato cuando se aborda el problema del sufrimiento humano. Cuando sufrimos, nos preguntamos por el sentido de ese sufrimiento. Un religioso diría: nos preguntamos por el juicio de Dios cuando el resultado de una determinada acción o coyuntura produce dolor o graves pérdidas en nuestras vidas. Y nos preguntamos dónde está Dios en esas circunstancias y cuál es su lugar. Como expresa Discépolo en su tango Canción desesperada: “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?” Llegamos a estas interrogaciones, porque en situaciones límites buscamos respuestas.

El libro de Job expone la situación de un hombre que es puesto a prueba al sufrir un acontecimiento gravísimo. Cabe aclarar que para el religioso, siempre somos puestos a prueba. Se trata de ver cómo reaccionamos a lo que nos pasa. No solo frente a lo doloroso. También frente al placer o a la salud. En general, sentimos que somos puestos a prueba en situaciones de dolor, de pérdida y nos preguntamos por su sentido o por su carácter absurdo. Pero la alegría, el placer, la salud, nos parecen un derecho natural. Sin embargo, habría que pensar sobre el modo en que recibimos esos “dones” y si somos merecedores de esos bienes.

La respuesta del libro de Job es religiosa: “Dios me dio, Dios me quitó. Bendito sea su nombre” (Job 1:21). Es la respuesta de un hombre de fe que acepta que lo que le sucede tiene un sentido aunque comprender ese sentido esté fuera de sus posibilidades. Es el llamado “misterio” de la voluntad divina. Y es un tipo de respuesta que permite a una persona de fe seguir viviendo –y no morir en vida– cuando debe enfrentar situaciones extremadamente dolorosas.

Desde esta postura, el sentido de la vida es trascendente y también son trascendentes los valores que la guían. En la religión los valores –en especial, los valores morales– no son construcciones humanas e históricas, sino que son normas dadas, planteadas, presentadas por Dios. Los mandamientos no son leyes acordadas por un pueblo o dictadas por un rey en un contexto histórico determinado. Son mandamientos divinos que deben ser reconocidos y acatados. Por eso, hay caminos correctos e incorrectos. No son caminos inventados por nosotros. El buen camino ha sido trazado por un ser superior a lo humano, trascendente, y la tarea de los seres humanos es la de conocer, reconocer e interpretar ese camino y actuar en consecuencia. En suma, si hay Dios, hay sentido. Y si hay Dios, hay también algún tipo de sobrevivencia del alma, alguna forma de la eternidad.

En la vereda opuesta se encuentran quienes no reconocen la existencia de Dios y que, consecuentemente con ello, no creen en sentidos trascendentes. Quien ha expresado esta postura con extrema claridad ha sido el filósofo francés Jean-Paul Sartre (2007) en su muy conocida conferencia “El existencialismo es un humanismo”, dada en 1946.

Quienes creen en Dios lo consideran el Creador. Sartre compara la tarea que realiza Dios con la tarea que realiza un artesano al producir un determinado objeto. El artesano crea, inventa, produce un objeto –por ejemplo, un libro o una mesa– teniendo en su mente y de forma anticipada el producto final de su creación. El artesano sabe cómo será ese producto y cuál será su función. Entonces, la idea de ese objeto es anterior a su existencia. Es decir, ese objeto está definido antes de ser producido. En palabras de Sartre, su esencia precede a su existencia.

Si concebimos la idea de un Dios creador, entonces su tarea sería similar a la del artesano. Dios tendría en su “mente” el para qué de su creación o la definición de aquello que va a ser creado. Si Dios existe, entonces el ser humano estaría definido antes de entrar en el mundo. Su función estaría determinada antes de existir. Su esencia precedería a su existencia.

Pero Sartre se declara ateo y extrae las consecuencias lógicas de su ateísmo. Si Dios no existe, no hay un creador. Si no hay un creador, no hay una anticipación de cuál deba ser la función y la definición de lo humano. En el ser humano la existencia precede a la esencia. El ser humano existe antes de poder ser definido. O sea, empieza por existir, por surgir en el mundo, y después se define. Primero nace, luego se hace. Al no haber una esencia humana, puesto que no hay un Dios que la conciba, el ser humano es un ser abierto, un proyecto. Por tanto, todo lo humano es producción humana. Y el ser humano será lo que él se haga y tal como se elija.

No hay sentidos ni valores trascendentes. Pero la filosofía de Sartre no es, por ello, pesimista ni nihilista. Su postura es optimista ya que la tarea humana de construir sentido es una tarea dura pero fascinante. El ser humano no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza. Y se realiza a través de sus actos. Si no hay Dios, no hay excusas: somos responsables de nuestro proyecto. Dice Sartre: “no hay doctrina más optimista puesto que el destino del hombre está en él mismo” (2007, p. 37). Ese optimismo reside en el hecho de que nada está determinado, de que no hay destino prefijado. Lo que es alguna vez no fue y puede dejar de ser.

Sin embargo, este optimismo sartreano no es muy común. En general, la falta de sentido trascendente y objetivo hace que muchas personas caigan en un profundo escepticismo al considerar que la vida es, entonces, absurda. Es la postura que adopta, por ejemplo, el filósofo rumano Emile Ciorán. Y es lo que se puede reconocer en obras literarias y artísticas. Un claro ejemplo de ese escepticismo se encuentra en la obra de Shakespeare. En Macbeth leemos:

Tarde o temprano tenía que morir: siempre hubiera llegado la hora de oír esa palabra. Mañana y mañana y mañana… Los días se arrastran con paso menudo hasta que el tiempo señalado pronuncia la sílaba postrera. Cada ayer ha alumbrado el camino de los tontos hacia la muerte, que en polvo nos transforma. ¡Extínguete, extínguete, fugaz antorcha! ... La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre el escenario y después no se le oye más...; una historia narrada por un idiota, llena de sonido y de furia pero que nada significa (1970, p. 191).

Ese “sonido” y esa “furia” que nada significan es lo que se oye y se ve en otro drama de Shakespeare: Hamlet. En esta obra los personajes luchan, cometen crímenes por amor y por amor enloquecen, dicen cosas sobrecogedoras sobre la vida, la muerte y el destino humano, defienden su poder o contra ese poder se rebelan, quieren enderezar el mundo. Casi todos ellos mueren. En la escena final, llega un joven príncipe y dice: “Llevaos estos cadáveres. Ahora yo seré vuestro rey” (1980, p. 143). Se terminó el gran drama. ¿Para qué tanto sonido y tanta furia?

Esa voz que denuncia con dolor el absurdo, el sin sentido, puede oírse también en algunos tangos:

[...]

¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!

La vida es una herida absurda,

y todo, todo es tan fugaz,

es una curda, ¡nada más!

mi confesión.

[...]


(La última curda, Letra: Cátulo Castillo. Música: Aníbal Troilo.)

¡Qué desencanto más hondo,

qué desconsuelo brutal!

¡Qué ganas de echarse en el suelo

y ponerse a llorar!

Cansao de ver la vida,

que siempre se burla

y hace pedazos

mi canto y mi fe.

La vida es tumba de ensueños

con cruces que, abiertas,

preguntan... ¿pa’ qué?

[...]


(Desencanto. Letra y música: Enrique Santos Discépolo.)