“No debe ser nada bueno si (…)
en vez de batirlo en criollo te lo baten en francés.”
Preguntarse por las dimensiones del ser docente supone preguntarse por el sentido último de la educación. Seguramente, en algún momento de nuestras vidas nos hemos hecho esta pregunta: “¿para qué educamos?”. Y sabemos que esa pregunta va más allá de una interrogación por el sentido de lo que específicamente enseñamos desde nuestro saber o especialidad –matemática, lengua, ciencias, filosofía, artes, educación corporal o lo que fuere–. No es una pregunta por el lugar que ocupa o debiera ocupar la transmisión de los saberes socialmente legitimados que pertenecen a las disciplinas que hemos estudiado o que más nos interesan. ¿Para qué educamos? interroga sobre la finalidad última de la transmisión adulta dirigida a niños y adolescentes.
Si revisamos los diseños curriculares y otros documentos, encontramos que las finalidades que se le adjudican a la educación son, en general, tres. Según estos documentos, la educación está al servicio de: a) la formación para la continuidad de los estudios; b) la formación para el trabajo –para la inserción en el mundo laboral–; y c) la formación ciudadana.
Pero si vamos más allá de lo que dicen estos documentos, aunque sin desconocer estas funciones que en ellos se exponen, podemos seguir sosteniendo la pregunta “para qué educamos” y ensayar otras respuestas.
Mi propuesta es responder a la pregunta “para qué educamos” de la siguiente manera: educamos para ayudar a niños, niñas y adolescentes a que alcancen la mayoría de edad. Esta respuesta puede parecer extraña, ya que llegamos a la mayoría de edad yendo o no yendo a la escuela, siendo o no siendo educados, pues no depende de la escuela ni de la educación que lleguemos a los dieciocho o a los veintiún años. Pensar que la mayoría de edad se relaciona con una determinada edad, es entenderla en su sentido biológico y jurídico. Desde la perspectiva jurídica, hasta hace poco la mayoría de edad comenzaba a los veintiún años, ahora comienza a los dieciocho. Llegar a esa mayoría de edad depende más de la salud y la suerte que de la educación.
Sin embargo, cuando digo que educamos para que niños y niñas alcancen la mayoría de edad, me refiero a la “mayoría de edad” en sentido kantiano. En un texto muy conocido, que se titula “Qué es la Ilustración”, Kant (1994) relaciona la mayoría de edad con la capacidad de pensar por sí mismo. Propongo llevar esta idea hacia el terreno no solo del pensar, sino también del sentir, del hacer, del pensarse, es decir de ser uno mismo.
Lo que intentamos, entonces, a través de la educación es ayudar a que los sujetos piensen por sí mismos. Lo que intentamos es ayudar, es decir a constituir o a construir subjetividades éticas y subjetividades autónomas, sujetos que puedan pensar, sentir y hacer por sí mismos.
Desde esta perspectiva kantiana podemos encontrarnos con personas que tienen más de veinte o treinta años, a quienes, sin embargo, no los consideraríamos “mayores de edad”, porque no son sujetos capaces de pensar por sí mismos. Dice Kant:
La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración (1994, p. 1).