El diálogo: un camino entre emociones y razones


La función socrática y el camino del diálogo están magistralmente desarrollados en la película Doce hombres en pugna –estrenada en 1957, en los años de oro del cine de Hollywood, y dirigida por Sidney Lumet–. Trata sobre un jurado de doce hombres que deben decidir –por unanimidad– si un joven es o no culpable del asesinato de su padre. Al inicio, se ve cómo quienes integran el jurado suponen que la discusión será muy sencilla o, mejor dicho, que no habrá discusión alguna. Es obvio, dicen, que el joven es culpable y que debe ser condenado. Sin embargo, se llevan una sorpresa. Hacen una votación a mano alzada para saber si la unanimidad es tal como esperan y un integrante del jurado vota por la no culpabilidad del acusado. En realidad, este hombre –al que llamaremos “el arquitecto”– no pretende contraponer una verdad a otra. No asegura que el acusado sea inocente. Solo quiere hablar y escuchar. Quiere pensar con los demás sobre lo acontecido en el juicio y, en todo caso, tomar una decisión basada en razones. Los demás se fastidian y quieren hacerlo cambiar de parecer: no entienden su posición y les molesta sobremanera tener que discutir –perdiendo un tiempo que quisieran utilizar en otros quehaceres personales–. Pero no tienen opción: el jurado tiene que llegar a un acuerdo o declararse nulo.

Cuando quienes votaron por la culpabilidad explican su posición, muestran que sus argumentos son endebles o que no tienen ningún argumento para sostener lo que afirman: “no sé, desde el inicio del juicio me pareció evidente que el chico era culpable”; “el abogado defensor no fue capaz de retrucar las acusaciones del fiscal”; “ese joven vive en un contexto vulnerable y violento: es lógico que se transforme en un asesino”; “siempre ha sido un mentiroso y tiene varias causas por hechos violentos: no se puede creer en su testimonio”.

Cuando se ven obligados a hablar, solo logran expresar prejuicios, estereotipos, generalizaciones, impresiones. Repiten pero no dicen. Y caen en errores muy comunes. ¿Cuáles son algunos de esos errores?

a) Suponen que habrá acuerdo antes de iniciar el debate: ¿Por qué suponer el acuerdo? Si reconocemos que todos quienes participamos de un debate somos sujetos, cada uno con su biografía, su contexto, sus deseos, sus intereses, lo lógico es suponer el desacuerdo. El acuerdo no debiera ser un supuesto, sino un desideratum, una finalidad. El acuerdo, tal vez, llegue al final de ese camino que es el diálogo. Pero si ya estuviera antes, ¿para qué el diálogo? Incluso entre personas que se saben de acuerdo, puede existir –y seguramente exista– un desacuerdo casi imperceptible y más difícil de aceptar. Dos personas pueden decir lo mismo pero no estar expresando lo mismo. Usan las mismas palabras pero las comprenden de manera diferente o se representan situaciones disímiles al usar esas palabras que suenan igual. El acuerdo es un punto de llegada, no de partida. Y si se supone el acuerdo como punto de partida –como sucede en los primeros momentos de esta película–, entonces todo desacuerdo aparece como un obstáculo, como un impedimento indeseable que fastidia, que debe ser eliminado o reprimido.

b) Se dejan llevar por las primeras impresiones y por lo que consideran “obvio”: Las primeras impresiones y la obviedad son equiparadas a “lo verdadero”. Pero, en realidad, pueden ser trampas y trabas para la tarea del pensar y pueden constituir lo que Gastón Bachelard (1999) llamaba “obstáculos epistemológicos”, o sea obstáculos que dificultan nuestro intento de conocer. Los sujetos nunca observan un fenómeno o situación desde cero. Toda observación está cargada de ideas previas, de experiencias anteriores, de conocimientos ya adquiridos. Cuando inicia el acto de conocer, “el espíritu jamás es joven. Hasta es muy viejo, pues tiene la edad de sus prejuicios” (Bachelard, 1999, p. 11). A su vez, lo obvio puede ser falso, y a menudo lo es. Justamente, el arquitecto de nuestra película sospecha ante tanta seguridad y obviedad, y busca conocer tratando de derribar esos obstáculos, formulando problemas y oponiéndose a quienes prefieren dar respuestas pero no dan lugar a las preguntas.

En todo el transcurso del diálogo que tiene lugar entre los miembros del jurado puede apreciarse que la apelación a la razón propia del diálogo socrático-platónico es un imposible, si se la toma en su total pureza. Los sujetos que dialogan no son sujetos escindidos que pueden dejar de lado sus emociones para solo poner en juego sus facultades racionales. No son sujetos desencarnados, neutros, sino sujetos históricos que piensan y hablan desde un contexto determinado. El diálogo no es, entonces, un intercambio agradable y apacible. Es un camino arduo y tortuoso en el que los participantes exponen sus pasiones, sus odios, sus deseos de venganza, sus capacidades o dificultades para sentir lo que otros sienten. Y no es menor la intervención del deseo de ganar la discusión, de no dar el brazo a torcer. Pero lo más interesante es ver el placer que estas personas sienten cuando logran pensar por sí mismas y construyen un pensamiento propio, genuino, gracias al uso de la palabra y a los aportes de los demás. Y también el gesto valiente de cambiar de posición, de admitir el error, de emprender un camino distinto del anunciado al principio de la discusión.

El arquitecto no plantea una convicción propia opuesta a la convicción de los otros integrantes del jurado. Solo plantea un vacío, instala la duda, muestra la falla. Con eso logra desarmar la posición de los convencidos y da lugar a lo que un buen diálogo debiera producir: una catarsis intelectual y emotiva.