Al final de su relato, la directora establece una relación con los derechos del niño: “Si los derechos del niño no quedaran en el discurso, estoy segura de que los índices de fracaso escolar y violencia en la escuela serían bien diferentes”. Me parece que tiene razón en vincular los derechos del niño con la experiencia que ha vivido con Ezequiel. En definitiva, esta docente hizo cumplir el derecho de Ezequiel a ser escuchado.
Alessandro Baratta (1998) dice que el deber de los adultos de escuchar al niño no se puede reducir a garantizar la libertad del niño a expresar su experiencia, sino que significa en concreto el deber del adulto de aprender de los niños, es decir de penetrar cuanto sea posible en el interior de su perspectiva, de medir la validez de las propias opiniones y actitudes –las de los adultos– y estar dispuesto a modificarlas. Es decir que no es simplemente una escucha pasiva para saber qué le pasa a alguien, sino que es una disposición también a cambiar por parte de quien ejerce la función adulta. Por supuesto que esto de escuchar no se limita solo al mundo de las palabras. Me parece que se relaciona con lo que dijimos antes: Ezequiel se manifiesta y es escuchado antes de empezar a hablar, por las cosas que hace, por este llamado que él, de algún modo, lleva a cabo.
Y cuando hablamos de escuchar a los niños prefiero pensarlo no tanto como algo ligado al mundo de las obligaciones. Me interesa más vincularlo con el mundo de las responsabilidades. Difícilmente yo pueda escuchar a un niño por obligación. Si mi escucha es auténtica es porque estoy dispuesto a escuchar. Por eso, mi insistencia en la dimensión ética de esta disposición.
Recuerdo otro relato de una directora de La Pampa en otro espacio de capacitación. Esta directora hace que un chico llamado Santiago, que tiene una situación familiar muy complicada, se pase al turno tarde porque durante la mañana se duerme. Deciden pasarlo al turno tarde y el chico mejora su rendimiento, pero en una parte del relato la directora escribe: “no me puedo sacar de encima la carita angustiada de Santiago...”. En ese punto es donde aparece otra vez el Otro como rostro. No es cualquier otro, no es un sujeto cualquiera, no es el alumno X o Y, sino que aparece una persona. Y justamente la respuesta de esta directora también es para ese Santiago de carne y hueso; alguien a quien ve cara a cara; alguien con quien se siente en deuda y por eso actúa.
Podemos diferenciar “la carita angustiada de Santiago” de otra carita angustiada: la del protagonista de Niños del cielo –película iraní dirigida por Mayid Mayidí, estrenada en 1997–, ese chico que siempre llega tarde a la escuela. ¿Por qué llega tarde a la escuela? Quienes hayan visto esta película recordarán que este niño –Alí– había extraviado los zapatitos de su hermana menor –Zahra–. Ni él ni su hermana quieren que sus padres se enteren de la situación, porque son gente pobre y no quieren darles un disgusto. Entonces, como solo tienen el par de zapatillas de él, se turnan para usarlas para ir a la escuela. Ella va a la mañana, cuando sale de la escuela se encuentra con él, le pasa las zapatillas y él sale corriendo a su colegio –él va a otra escuela, en turno tarde–. Así que ese chico tiene que esperar en un lugar del camino a que su hermanita vuelva de la escuela para cambiar las zapatillas, salir corriendo y poder llegar a la suya. Por supuesto, siempre llega tarde.
Durante toda la película este niño está angustiado; durante toda la película vemos la angustia en su cara y, sin embargo, nadie lo mira, nadie se da cuenta, nadie le pregunta nada. Cuando las autoridades de la escuela le preguntan “¿por qué llegaste tarde?” son preguntas retóricas. Enseguida, sin esperar la respuesta, lo retan o lo sancionan, no están esperando que él diga por qué llegó tarde. Y no se trata necesariamente de adultos que sean malos con él, no hablamos de maldad, hablamos de adultos que no están escuchando, que no pueden mirar. Tal vez los guía la idea de que el niño no tiene por qué ser escuchado, que simplemente hay que actuar para protegerlo, para resguardarlo hasta que crezca, y que su palabra tiene valor solo como la palabra de un niño. Entonces me parece que esa carita angustiada –a diferencia de la de Santiago, que es reconocida como un llamado por parte de esa directora pampeana– en Niños del Cielo no es mirada por nadie. En un momento de la película Alí compite en una carrera y quiere llegar en el tercer lugar porque el premio para ese puesto es un par de zapatillas, pero llega primero. No puede evitar salir primero porque tendría que frenarse y esperar a los que van detrás. Y el premio para el primero es un viaje.
Entonces todos lo felicitan, lo levantan en andas, le sacan fotos y se nota el tremendo pesar en su rostro, porque él no quería llegar primero. Pero nadie reconoce ese gesto ni se da cuenta de que ahí hay un llamado, nadie lo escucha.