Me referí al amor inalterable entre Penélope y Ulises. Y vimos que en el tango nada es inalterable, ni siquiera el amor. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? Como sucede con todas estas cuestiones existenciales y filosóficas, no hay una única respuesta a esta pregunta.
Amor se dice de muchas maneras. Es decir, hay muchos modos de entender el amor. De entre esos modos, elijo dos:
1) El amor como deseo que surge de la falta.
2) El amor como expresión de plenitud y alegría.
La idea de amor como deseo que surge de la falta o de la carencia se encuentra muy bien expuesta en un clásico de la filosofía sobre este tema. Me refiero al Banquete –o Simposio– de Platón (1991a). Esta obra describe el banquete organizado por el poeta trágico Agatón para celebrar su victoria en un concurso de teatro. Luego de la comida, uno de los comensales propone improvisar discursos sobre el amor –Eros–, práctica común en ese tipo de reuniones. El discurso que me interesa rescatar es el de Aristófanes, ya que en él se expone un mito que explica el origen de nuestra idea del amor como búsqueda de completud. Cuenta Aristófanes que en el origen de los tiempos:
[...] tres eran los sexos de las personas, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había, además, un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre sobrevive todavía. El andrógino era entonces una cosa sola en cuanto a forma y nombre, que participaba de lo masculino y de lo femenino [...].
La forma de cada persona era redonda en su totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo. Tenía cuatro manos, mismo número de pies que de manos y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular. Y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y además cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo lo demás como uno puede imaginarse a tenor de lo dicho [...] Estos seres eran extraordinarios en fuerza y vigor y tenían un inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses. [...] intentaron subir hasta el cielo para atacarlos. Entonces, Zeus y los demás dioses deliberaron sobre lo que debían hacer con ellos y no encontraban solución [...]. Tras pensarlo detenidamente dijo, al fin, Zeus: Me parece que tengo el medio de cómo podrían seguir existiendo los hombres y, a la vez, cesar su desenfreno haciéndolos más débiles. Ahora mismo los cortaré en dos mitades a cada uno y de esta forma serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por ser más numerosos [...]. Desde hace tanto tiempo, pues, el amor de los unos a los otros es innato en las personas y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta hacer uno solo de dos y así sanar la naturaleza humana (Platón, 1991a, p. 362).
El mito que relata Aristófanes en el Banquete nos dice que, mutilados de una mitad de sí mismos, los seres humanos trataron desesperadamente de recuperarla, abrazándose, enlazándose. Eros o Amor nació de esa carencia que los hacía tender hacia aquello que habían perdido: el ser humano es un ser esencialmente incompleto que se lanza en busca de su completud. La vida humana es búsqueda de esa otra mitad perdida. El amor es, entonces, deseo producido por una falta originaria que se resuelve en el encuentro con otro que es, al mismo tiempo, parte de uno mismo. A partir de este drama originario nos sentimos impulsados a buscar a nuestra alma gemela, cuyo encuentro restablecería nuestra antigua naturaleza y garantizaría nuestra felicidad.
Si pensamos en los amores realmente existentes, ¿cuáles pueden ser las consecuencias de entender al amor como búsqueda de completud y necesidad de encontrar a nuestra otra mitad? ¿Qué puede pasar si, desde esta concepción, nuestro amor es correspondido? ¿Y si no es correspondido?
Si me concibo como ser incompleto pero capaz de completarme –realizarme– en mi unión con otro y no encuentro a ese otro que busco, lo más probable es que la consecuencia sea la de una profunda frustración e insatisfacción. Una insatisfacción esencial derivada de mi imperfecta naturaleza.
Si, por el contrario, encuentro a esa otra mitad y me enamoro de ella, pueden suceder al menos dos cosas: a) no podría concebir que esa otra mitad no se enamorara, a la vez, de mí; no podría soportar la no correspondencia, b) si la otra persona se enamorara de mí y conformáramos una pareja, ya no podría pensar la posibilidad de la separación o de la ruptura. Si somos el uno para el otro, si somos una unidad, si somos uno en dos, ninguno de los dos podría atreverse ni tendría derecho a romper esa unidad y a volver al estado de división anterior al encuentro. Desde esa perspectiva, la separación, el desamor, la ruptura llevan el signo de la traición y de la culpa.
Muchos bellos tangos expresan esta pasión sufriente desencadenada por la inentendible separación:
[...]
Qué ganas de encontrarte
después de tantas noches.
Qué ganas de abrazarte
¡qué falta que me hacés!...
[...]
Y entonces, si te encuentro,
seremos nuevamente
desesperadamente
los dos para los dos.
(Qué falta que me hacés.
Letra: Federico Silva. Música: Armando Pontier y Miguel Caló.)
[...]
¿Por qué me enseñaron a amar
si es volcar sin sentido los sueños al mar?
Si el amor es un viejo enemigo
que enciende castigos y enseña a llorar...
[...]
¡Soy una canción desesperada
que grita su dolor y tu traición...!
(Canción desesperada. Letra y música: Enrique Santos Discépolo.)
[...]
“Lo nuestro terminó”,
dijiste en un adiós
de azúcar y de hiel.
[...]
Y allí con tu impiedad
me vi morir de pie
medí tu vanidad
y entonces comprendí mi soledad
[...]
(El último café. Letra: Cátulo Castillo. Música: Héctor Stamponi.)
[...]
Y por más que quiera odiarla,
desecharla y olvidarla
la recuerdo más
[...]
(Garúa. Letra:Enrique Cadícamo. Música:Anibal Troilo.)
Otro modo de entender el amor es verlo como afecto que nace de la alegría y que produce alegría. El filósofo holandés Baruch Spinoza expone esta idea y dice: el amor es “alegría acompañada de la idea de una causa exterior” (1997, III. 13). Si siento alegría y la concibo como efecto de una causa exterior a mí, entonces amo esa causa. Por supuesto, también es posible definir el amor a sí mismo. El amor a sí mismo sería una alegría acompañada de la idea de una causa interior. Sería lo que Spinoza llama el “contento de sí mismo”.
El objeto amado es aquel que nos permite perseverar e incrementar nuestro ser. Esa es la razón de nuestro amor. Y se dirige hacia un mayor florecimiento personal. Desde esa alegría el amante realiza su ser con una perfección mayor a la que experimentaba antes de amar. Yendo al lenguaje cotidiano, es lo que dice quien declara que el amor “saca lo mejor de mí”.
Quien ama no está buscando su otra mitad. No ama quien se siente vacío o incompleto. Ama quien se siente pleno y desea dar. El amor no es deseo que surge de una falla o carencia. El amor es deseo de dar, de entregarse, porque el amor es proteico, no anémico. Quien ama aumenta su potencia de existir y de actuar. Y se alegra de que el otro, el ser amado, exista. En esta línea se ubica la concepción del amor que esgrime el psicoanalista Erich Fromm (2005) en su texto ya clásico El arte de amar. Allí, Fromm distingue el amor de la pasión. En la pasión, el sujeto es pasivo, sufre lo que le pasa, está dominado por ese sentimiento, se deja llevar por él. En la pasión el sujeto sufre lo que siente.
El amor, en cambio, es activo. El sujeto que ama es dueño de su sentir y desde ese dominio es capaz de cuidar, responder y respetar al sujeto amado. Además de ser activo, el amor es generoso y se define por la acción de dar. Quien ama quiere dar al sujeto amado lo mejor de sí mismo: quiere darle su alegría, su humor, su interés, su comprensión, su conocimiento, y también –por qué no– sus preocupaciones y sus tristezas. Mejor sería decir que quien ama se da a sí mismo. En ese mismo acto de dar, la persona que ama se siente plena y rica porque dar, en el amor, da más felicidad que recibir. Quien ama al dar, enriquece su propia vida y enriquece a la persona amada. No da con el fin de recibir, ya que el amor no es una transacción. Dice Fromm:
¿Qué es dar? por simple que parezca la respuesta, está en realidad plena de ambigüedades y complejidades. El malentendido más común consiste en suponer que dar significa renunciar a algo, privarse de algo, sacrificarse. Sin embargo, en el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencialidad exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante, pródigo, vivo y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad [...].
¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en ella (2005, pp. 38-40).
Si bien estos dos modos de entender el amor parecen excluyentes, se me ocurre pensar que pueden ser momentos de un mismo proceso. Al principio buscamos en el otro la completud. Cada uno quiere salir de su soledad y entrar en relación con otra persona que satisfaga su deseo de realización. En principio, amamos las ilusiones que nos hacemos acerca del otro. Y proyectamos lo que queremos ver en la persona amada. Por supuesto, más tarde o más temprano sobreviene la desilusión y debemos salir de la pasión inicial. Pero esa salida no necesariamente significa separación o fracaso de la relación.
Es posible que salir de la ilusión dé lugar a la posibilidad de amar la verdad del otro. O amar al otro de verdad. El otro pierde sus ilusiones acerca de mí y yo pierdo mis ilusiones acerca del otro. Y tal vez esa sea la condición necesaria para que surja el amor. Como ha dicho Comte-Sponville: “una pareja feliz es una pareja que pasa del amor ilusorio, de la pasión, al amor verdadero” (2012). Es que si la vida no se corresponde con nuestras ilusiones, quizá no sea porque la vida se equivoca, sino porque son las ilusiones las que están equivocadas. Es decir, aunque suene paradójico: el amor surge de una feliz desilusión. Y es ese amor de verdad el que permite la irrupción de la alegría: alegría por la existencia del otro, por su presencia.
Hay también bellos tangos –aunque pocos– que se refieren a este tipo de amor. Comparto estos recortes de las letras que he elegido e invito –como siempre– a escuchar y, en lo posible, a cantarlos:
Llegaste como un rayo deslumbrante de luz...
[...]
Tú...
milagrosa musiquita de cristal
Tú...
me enseñaste a sonreír y a perdonar...
[...]
(Tú. Letra: José María Contursi. Música: José Dames.)
[...]
Juntos, sin saberlo, torpemente,
aprendimos duramente
las verdades del amor.
[...]
Juntos, sin angustias, sin reproche,
sin pasado, noche a noche,
aprendimos a soñar.
[...]
(Solamente ella. Letra: Homero Manzi. Música: Lucio Demare.)
[...]
Y otra vez, corazón, te han herido...
Pero amar es vivir otra vez
Y hoy he visto que en los árboles hay nidos
y noté que en mi ventana hay un clavel.
[...]
(El milagro. Letra: Homero Expósito. Música: Armando Pontier.)
En el amor hay aprendizaje: aprendemos juntos –“aprendimos duramente las verdades del amor”– o aprendo del otro –“me enseñaste a sonreír y a perdonar”–. En el amor se aprende. Lo expresa muy bien Kierkegaard cuando dice que todo lo que sabe lo aprendió de una jovencita, no de ella sino a causa de ella.
Pero, ¿se puede enseñar a amar? No sabría responder con seguridad a esta pregunta pero no creo que sea posible enseñar a amar, ya que el amor es una experiencia única e intransferible. Al amor se lo puede conceptualizar pero hablar de él no implica enseñarlo. Nadie aprende a amar por haber leído un libro sobre el amor. Sin embargo, pienso que es posible y deseable ayudar a pensar sobre el amor. Ayudar a pensar a esos niños, niñas o adolescentes que nos reconocen como adultos disponibles para sus preguntas existenciales.
Es común escuchar a docentes relatar escenas en las que alumnos o alumnas –más frecuentemente, alumnas– se acercan y les cuentan experiencias traumáticas vinculadas con relaciones de pareja: relaciones tortuosas, sufridas, en las que son víctimas de maltrato e, incluso, de violencia –simbólica y física–. Más allá de las cuestiones que tienen que ver con lo legal y que no pueden soslayarse, considero necesario ayudar a pensar sobre la pertinencia del término amor para nombrar ese tipo de relaciones. Si bien son afectivas por el solo hecho de que intervienen afectos, no merecen ser llamadas relaciones amorosas. El amor no se condice con el maltrato ni con el sufrimiento ocasionado adrede. No puede hablarse de amor allí donde prevalece el dolor y no la alegría, en donde están ausentes el respeto y el cuidado del otro, en donde en lugar de sentirnos potenciados nos sentimos aplastados, humillados, debilitados, avasallados.