De la conducta a la acción

“Aprendí todo lo bueno, aprendí todo lo malo”

(Las cuarenta, Francisco Gorrindo)

La dimensión ética de la acción docente puede analizarse a partir de relatos como el siguiente:

Ezequiel cursó 4.° en la escuela [primaria] el año pasado. Desde el primer día su maestra me manifestó su enorme preocupación por la conducta de Ezequiel, sus malas contestaciones, su bajo rendimiento escolar, sus agresiones físicas a los compañeros, su falta de integración al grupo. Permanentemente intentaba escapar del aula y de la escuela. Propuse citar a los padres y derivarlo al Equipo de Orientación Escolar, prácticas formales en toda institución. Esta última intervención fue posible como acción de la escuela, pero citar a los padres para el mes de julio, en que tomé el cargo, había sido imposible por parte de quienes me precedieron. Ezequiel no tiene mamá. Vive con su papá que trabaja todo el día, y se encuentra al cuidado de una abuela hasta que su papá regresa. Ante los llamados de la escuela, la abuela concurría a las citaciones pero manifestaba su incapacidad para dar alguna respuesta ante las quejas planteadas por los docentes y manifestaba que el padre no quería venir a la escuela porque “siempre lo llamaban para quejarse de su hijo”.

Hasta acá todos eran obstáculos. Llamé muchas veces a Ezequiel a dirección solo para conversar con él. Al principio se mostraba desconfiado y muchas veces no venía. Cuando lo hacía preguntaba “¿qué hice ahora?”; fui conociendo algo de su mundo, el dolor por la pérdida reciente de su mamá, su pasión por la música. Me contó que con la profesora de música, estaban viendo una película que los fascinaba: Los coristas.

Me reuní con la profesora, me contó que Ezequiel se emocionaba hasta las lágrimas cuando veía la película, que la situación de desamparo de los protagonistas lo conmovían y que pedía verla una y otra vez, incluso en los recreos. Que había sacado por fonética la canción de la película y que sin tener conocimientos de música interpretaba a la perfección en flauta la melodía. No dudé: levanté el teléfono, llamé al papá y le dije que lo esperaba al otro día en la escuela, que tenía una noticia maravillosa para contarle de su hijo. Le expliqué que no lo llamaba por ningún problema de conducta, que necesitaba conocerlo y hablar con él, que era nueva en la escuela y que me diera una oportunidad. Preparamos una reunión con Alejandra y las maestras de 4.°. La cara del papá mientras le hablábamos fue el mejor regalo de la reunión. Dijo que era la primera vez que lo llamaban para decirle algo bueno de su hijo. La profesora le explicó que si estaba de acuerdo podía conseguirle una beca en la escuela de música. En el acto de fin de año Ezequiel con su voz finita y angelical interpretó en francés la canción final de la película. Hoy cursa 5.°, es un alumno capaz, responsable y estudioso; se destaca en el área de matemática, situación que permanecía oculta por su poca dedicación al estudio. Por la tarde, tres veces por semana, estudia música. A la salida, cuando pasa por mi lado, siempre me sonríe y me dice “gracias”. Yo me digo “gracias a él”, porque me ayudó a proponerme como tarea profesional trabajar más de cerca con la dificultad, con estos alumnos que el sistema expulsa porque salen del saber convencional, porque son difíciles, diferentes. Si los docentes nos propusiéramos escuchar más la vida de nuestros alumnos, conocerlos, buscar en sus vidas esa punta que Ezequiel nos mostró con su emoción, con su interés inusual por la música. Si cada alumno pudiera ser valorado en la totalidad de su persona y no en la parcialidad de sus pequeños tropiezos. Si los derechos del niño no quedaran en el discurso, estoy segura de que los índices de fracaso escolar y violencia en la escuela serían bien diferentes.

Propongo analizar la acción de esta docente guiándonos por su relato –que, por supuesto, es un recorte personal de lo sucedido–. En principio, cuando este chico se escapa del aula y de la escuela, ella hace lo que se supone que tiene que hacer. Es decir, cumple con el rol y hace los llamados que suelen hacerse según cierto protocolo, escrito o consuetudinario. De algún modo la docente se ciñe a la conducta, es decir a aquello que es esperable para ese rol que está ejerciendo. Pero parece ser que esa conducta no da resultados, ya que advierte que esas “prácticas formales en toda institución”, como ella las llama, no le están sirviendo para definir qué hacer en relación con este niño, y ahí es cuando se sale de la conducta y lleva a cabo una acción.

En la tarea directiva mucho de lo que se hace se ajusta a procedimientos y normativas estipulados con anterioridad, que sirven para anticipar situaciones y disponer de una orientación sobre los pasos a seguir en caso de que esas situaciones se den. La conducta es necesaria, pues permite que sepamos aproximadamente qué hacer ante una situación dada. Pero, en muchos casos, este modo previsible y automatizado de comportarnos no da resultados, no alcanza para resolver circunstancias peculiares. Es que si lo que se nos presenta es algo nuevo, es muy probable que las respuestas habituales no tengan efecto. Es necesario, entonces, reemplazar la conducta por la acción.

Estoy utilizando los términos conducta y acción según el modo en que los utiliza Hannah Arendt, quien habla de la “conducta” como aquello esperable en nosotros, aquello que se espera que hagamos y de la “acción” como la institución de una novedad. Actuar, dice Arendt, significa: “[…] tomar una iniciativa, comenzar (como indica la palabra griega archein, ‘comenzar’, ‘conducir’ y finalmente ‘gobernar’), poner algo en movimiento (que es el significado original del agere latino)” (1993, p. 212). En esta perspectiva, la conducta es dejada de lado. Con todo el riesgo que eso implica. Con la acción empieza el riesgo porque la acción, al poner algo en movimiento, al innovar, produce lo inesperado. Y también da lugar a consecuencias imprevisibles o difíciles de calcular.

En nuestro relato, la directora empieza a realizar esta acción sencilla de escuchar al niño, de invitarlo a hablar. Se puede advertir que al principio el niño desconfía, porque seguramente no estaba acostumbrado a que lo llamen para escucharlo, sino para evaluarlo y cuestionarlo como, seguramente, venía sucediendo desde hacía tiempo atrás. Ella simplemente quería hablar con él, y digo hablar con él para diferenciarlo de hablarle a él, que es lo que suele hacerse, porque muchas veces confundimos estas dos acciones que son muy distintas. No es lo mismo hablar a un niño que hablar con el niño y eso –según mi parecer– es lo que logra la directora del relato. Para poder hablar con el niño, la docente también tiene que poder hacerlo desde un lugar que no sea tan asimétrico como lo es la relación autoridad-alumno, tiene que lograr una postura, una posición, que el chico pueda interpretar como la de alguien que lo quiere escuchar.