Finalmente, quiero introducir en esta discusión la propuesta de un filósofo que cité anteriormente: Pascal. Aclaro que la mía es una interpretación muy libre que, seguramente, no resistiría el análisis de un estudioso de su pensamiento. Pero es una interpretación que considero muy potente para pensar el sentido de nuestras vidas y de nuestras acciones. Pascal era creyente pero, en algunos de sus escritos, se dirigía a los no creyentes. Por supuesto, a un no creyente no se le puede pedir que tenga fe. La fe se tiene o no se tiene. La fe no es algo que se pueda adquirir voluntariamente. Por eso, Pascal no pedía al no creyente que creyera en la existencia de Dios. Lo que Pascal (2001) proponía al no creyente es que apostara a favor de la existencia de Dios. ¿Qué características tiene una apuesta? Al menos dos:
1) cuando apostamos, no sabemos por qué apostamos por esto y no por aquello. Es decir, la apuesta se hace siempre sobre un fondo de incertidumbre. Si supiera las razones por las cuales tengo que elegir una opción en lugar de otra, entonces ya no sería una apuesta.
2) al apostar no sé si voy a ganar o perder. En las apuestas los resultados no están asegurados de antemano.
En el caso que nos ocupa, se puede apostar por dos opciones: Dios existe o Dios no existe.
Nunca podrá resolverse si es verdad que Dios existe o si es verdad que Dios no existe. La existencia o inexistencia de Dios no es un asunto que pueda resolverse mediante pruebas científicas o en virtud de avances tecnológicos. En definitiva, no es un asunto de las ciencias.
Por lo tanto, la incertidumbre propia de toda apuesta no podrá disiparse en este caso. Pero a diferencia de otro tipo de apuestas, en esta puedo saber si voy a ganar o a perder. Y lo que asegura Pascal es que si se apuesta a favor de la existencia de Dios, la ganancia está asegurada. ¿Por qué? Porque apostar a favor de que Dios existe equivale a vivir como si Dios existiera.
Lo que importa no es la verdad sobre la existencia de Dios. Lo que importa es el sentido que otorgamos a nuestra vida. Si apuesto a favor de la existencia de Dios, vivo como si Dios existiera y ya no importa si Dios existe o no. En cambio, apostar en contra de la existencia de Dios equivale a vivir como si Dios no existiera, que es lo mismo que vivir una vida sin sentido. La apuesta que propone Pascal es, entonces, una apuesta –sabia y honestamente– tramposa. Porque es performativa, realizativa. Realiza aquello por lo que apuesta. La apuesta, en este caso, pone en la realidad un sentido que no estaba presente antes de apostar. El sentido se realiza, se hace real, después de tirar las fichas, no antes.
Llevando esta idea de la apuesta a otros terrenos, podemos afirmar que para actuar no necesitamos tener todas las razones que fundamenten nuestra acción. En muchas ocasiones, el sentido de lo que hacemos no existe antes de la acción, sino que se produce al actuar. Se trata de aceptar, entonces, ese fondo de incertidumbre no como un déficit o un producto de nuestra ignorancia, sino como algo constitutivo de la situación. Y se trata, entonces, de jugarse a realizar un sentido.
No hace falta la fe para decidirnos a actuar ni que el sentido esté presente antes de decidir cómo vivir. La fe puede sobrevenir como resultado de lo que hagamos. Y el sentido puede realizarse, plantearse, plantarse, cultivarse, al actuar.