Los verdaderos paraísos son los que se han perdido, decía Proust (1952). Y los paraísos perdidos son el leitmotiv de los tangos, motivo tan antiguo como la cultura misma. Esos paraísos se ubican en el pasado y pueden estar representados por el amor desairado, la mujer, la infancia, la juventud, la ciudad, el barrio.
Así como en el Génesis, tras la creación de Eva, se narra la triste historia de la caída, la pérdida de la inocencia, la expulsión del Edén y la maldición del trabajo, de las fatigas y de la muerte, lanzada sobre nuestros primeros padres y sobre su descendencia, así también los tangos nos hablan de la salida de la inocencia y de la entrada en la culpa, resultado de la decisión –siempre equivocada– de alejarse de lo que era bueno. En el jardín del Génesis y en los tangos se pasa de la felicidad –que no había sido solo un sueño– al desencanto.
Para mi gusto, el tango que mejor expresa el mito del paraíso perdido es Barrio pobre:
[...]
Barrio... de mis sueños más ardientes,
pobre... cual las ropas de tus gentes.
Para mí guardabas toda la riqueza
y lloviznaba la tristeza
cuando te di mi último adiós...
¡Barrio, barrio pobre estoy contigo!...
¡Vuelvo a cantarte, viejo amigo!
Perdoná los desencantos de mi canto,
pues desde entonces lloré tanto,
que se ha quebrado ya mi voz...
[...]
Por esta calle, en una noche huraña y fría
salí del mundo bueno y puro del ayer,
doblé la esquina sin pensar lo que perdía,
me fui sin rumbo para nunca más volver...
(Barrio pobre. Letra: García Jimenez. Música: Belvedere.)
La consciencia de la pérdida del paraíso lleva, indefectiblemente, al deseo de regresar y al sentimiento de nostalgia. Por eso, hay quienes piensan que para sentir el tango o para captar su sentido hay que haber vivido, es decir haber tenido suficientes experiencias como para sentir el deseo nostálgico de volver a alguna situación del pasado. Incluso, algunos arriesgan a postular una edad para que el tango “nos llegue”. Esa edad sería, aproximadamente, los cuarenta años. No acuerdo con esa apreciación. No hace falta haber vivido mucho para captar la nostalgia que los tangos expresan ni hace falta haber conocido la ciudad porteña o los arrabales que los tangos describen. Desde la primera infancia ya podemos captar ese ánimo –como yo mismo lo he captado desde muy pequeño– porque, entre otras razones, ya es posible que hayamos perdido algún paraíso.
Incluso me aventuro a afirmar que el primer paraíso que hemos perdido es el tiempo vivido en el útero materno. Si así fuese, la nostalgia sería un sentimiento primordial y primigenio. De lo que estoy seguro es de que no hace falta toda una vida para entender el tango. ¿Cuándo perdió Rousseau la voz dulcísima de su tía, su paraíso? En la infancia. ¿Cuándo perdí yo la voz de mi viejo? A mis veinte años. ¿A qué edad perdió Ezequiel a su madre y empezó a conmoverse una y otra vez al ver reiteradamente la citada película Los coristas? A los nueve años. ¿Cuántos años tiene la niña de la película Intensamente,3 que debe mudarse con sus padres de Minnesota a San Francisco, y que sufre profundamente ese cambio que conlleva la pérdida de sus amistades, de sus lugares y de sus juegos? Tiene solo once años.
Cada quien pierde su paraíso o sus paraísos en algún momento que no necesariamente pertenece a la vida adulta. Y una vez que se pierde un paraíso y se cobra consciencia de esa pérdida, ya se activa la nostalgia. Esto es, tal vez, lo que quiere decir –o lo que dice aunque no quiera– la letra el tango Naranjo en flor:
[...]
Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir,
y al fin andar sin pensamiento...
[...]
(Naranjo en Flor. Letra: Homero Expósito. Música: Virgilio Expósito.)
Primero, entonces, el sufrimiento causado por el nacimiento, por la pérdida del paraíso vivido en el vientre materno. Luego, el resto. Pero, ¿qué entendemos por nostalgia? En su libro La ignorancia, Milan Kundera propone la siguiente definición: “la nostalgia es el sufrimiento causado por el deseo incumplido de volver” (2000, p. 12). Kundera da una bella y acertada acepción de esta palabra ateniéndose a su etimología. En efecto, el término nostalgia viene del griego y está compuesto, a su vez, por dos palabras: nostos y algos. Nostos significa ‘regreso’ y algos significa ‘sufrimiento’.
Un término sinónimo podría ser añoranza, que remite al verbo añorar, que suele significar ‘la tristeza causada por no poder regresar a la propia tierra’. El verbo añorar, a su vez, proviene del catalán enyorar, que tiene su origen en la palabra latina ignorare, o sea ‘ignorar’, ‘no saber’. Si relacionamos estas palabras, podemos decir que la nostalgia es el dolor de la ignorancia, el dolor de no saber del otro. También puede entenderse a la nostalgia como el deseo de lo que está ausente, pero si eso que está ausente fue alguna vez real y queda ubicado en el pasado.
Una emoción similar a la nostalgia –pero que no se relaciona con el deseo de volver– sería la tristeza por lo ausente que nunca fue presente, la tristeza causada por el deseo de vivir algo que no se llegó a realizar, de algo que, en todo caso, pudo haber sido. Por ejemplo, la tristeza causada por el deseo de vivir un amor que alguna vez pareció posible pero que ya no lo es.
Luego de definir la nostalgia como sufrimiento causado por el deseo incumplido de volver, dice Kundera que la Odisea escrita por Homero es la epopeya fundadora de la nostalgia. Y su protagonista, Ulises, es el mayor aventurero pero es también el primer y mayor nostálgico.
Ulises debe partir de su tierra natal –Ítaca– para luchar en la guerra de Troya. La Odisea es el relato del regreso al hogar de ese héroe, luego de terminada esa guerra. Ulises siempre quiere regresar a su tierra y volver con su amor, Penélope, pero las intrigas de los dioses prolongan su viaje. Puede afirmarse que Ulises es un héroe del exilio, obstinado en volver a su casa. Es un héroe solitario y dominado por la nostalgia, pero que hace su camino con paciencia, curiosidad y coraje. La distancia marítima no es grande, sin embargo el destino de Ulises es un largo peregrinaje en el que se pone a prueba su temple aventurero. Su nostalgia queda probada ante la diosa Calipso. La diosa está tan enamorada de él que no lo deja abandonar la isla donde ella habita. Allí, ambos viven una vida dulce y alegre durante siete años. Sin embargo, entre esa vida en el extranjero y el arriesgado regreso al hogar, Ulises elige el regreso, a pesar de la oferta de Calipso de transformarlo en un ser inmortal.
Dice Calipso a Ulises:
Ulises: ¿De verdad tienes prisa de partir al país de tus padres y volver a tu hogar? Marcha, pues, pese a todo en buena hora. Pero si pudieses ver en tu mente los males que antes de encontrarte en la patria te hará soportar el destino, seguirías a mi lado, inmortal para siempre, por mucho que estés deseando ver de nuevo a la esposa en que piensas un día tras otro [...] (Homero, 2008, p. 104.).
Responde Ulises: “No lo tomes a mal, diosa [...] Mi esposa es mujer y mortal, mientras tú ni envejeces ni mueres. Pero con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días, el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso [...]” (Homero, 2008, p. 105). Esa luz del regreso guía todo el peregrinaje de Ulises.
Por supuesto, todos los pasajes de la Odisea en que Ulises expone su nostalgia y su deseo irrefrenable de volver podrían inspirar unos cuantos tangos. Pero nuestro héroe nostálgico y tanguero logra regresar. Y cuando pisa nuevamente su tierra, le embarga el éxtasis de lo conocido: ve la ensenada que conocía desde la infancia, reconoce las dos montañas que la rodean, acaricia el viejo olivo para asegurarse de que sigue siendo el mismo que él conoció hace veinte años. Todo está como era entonces. El lugar es reconocible y ve a Penélope tan hermosa como cuando tuvo que partir. Por sobre todo, el amor entre ellos dos está intacto. Y Ulises vuelve a ser quien era. Aquí se acaba, entonces, toda relación con el tango.
En el tango, no hay un Ulises. La Odisea y los tangos se emparentan por el deseo de regresar y por la emoción de la nostalgia. Sin embargo, para el tango el tiempo es más destructor que el tiempo de la Odisea. En el tango, el regreso es imposible porque el tiempo lo ha variado todo. En consecuencia, la nostalgia nunca se resuelve, nunca concluye.
Sería impensable, inconcebible, imposible que Ulises le cantara a Penélope al reencontrarla:
[...]
Y ahora que estoy frente a ti
parecemos, ya ves, dos extraños...
[...]
¡cómo cambian las cosas los años!
[...]
(Como dos extraños. Letra: José María Contursi. Música: Pedro Laurenz.)
El personaje que canta los tangos o que es cantado por los tangos quiere volver, pero no puede. Y no puede volver por variadas razones:
- porque se queda “anclao en París”: “¡No sabés las ganas que tengo de verte! / Aquí estoy varado sin plata y sin fe...” (Anclao en París. Letra: Enrique Cadícamo);
- porque si logra regresar al lugar del que partió, ese lugar ya no es el mismo, ya no es reconocible: “Mis labios dijeron, temblando en un rezo: / ¡Mi barrio no es este, cambió de lugar!...” (San José de Flores. Letra: Enrique Gaudino) y
- porque las personas a las que vuelve a ver ya apenas lo reconocen:
“Habré cambiado totalmente que el anciano, por la voz, / tan solo me reconoció.” (La casita de mis viejos. Letra: Enrique Cadícamo).
En definitiva, porque poco o nada queda de ese ayer que se recuerda y al que se quiere, inútilmente, volver:
[...]
Nada, nada queda en tu casa natal...
Solo telarañas que teje el yuyal.
[...]
Nada, nada más que tristeza y quietud.
Nadie que me diga si vives aún…
[...]
(Nada. Letra: Horacio Sanguinetti. Música: José Dames.)
En el tango, la salida de la casa y la búsqueda de aventuras aparecen como algo que no debió haber sucedido. El haber tomado riesgos, el haberse atrevido a querer, son considerados sueños o ilusiones. Y quien se atrevió fue, entonces, un iluso. La perspectiva que adopta el tango es desencantada: ¿para qué jugarse, para qué arriesgar? El “sueño querido” se ve frustrado por el desengaño, por las traiciones, por la desilusión:
[...]
Sueño querido de mi tierna y bella juventud,
fuiste espantado por la negra ingratitud.
Solo me queda de tu mágico esplendor,
el yelmo roto de triste soñador.
[...]
(Sueño querido. Letra: Mario Batistella. Música: Angel Maffia.)
Otra diferencia fundamental entre la Odisea y los tangos es que en los tangos no hay héroes. No hay un discurso heroico en el tango. Quien intenta volver no llega con el relato de lo vivido, presente en la Odisea. No habla de aquello que vivió, no cuenta su experiencia. Solo dice que todo fue ilusión. Por eso, el regreso –imperfecto– es sin gloria.
Pero si bien el personaje del tango no es Ulises, si bien no se vanagloria de su viaje, sin embargo no es un ser que pasa por esta vida sin más, no es un ser rutinario. El alma de este personaje es capaz de entrar en una experiencia interior no habitual, en una experiencia que se sale del tiempo débil de lo cotidiano. Es capaz de soñar apasionadamente. Su aventura no es la de Ulises, sin embargo es también una aventura. Aventura infructuosa pero arriesgada y bella. Aventura interior que se hace canción.