Nuestra relación con la muerte


Nuestra relación con la muerte es la cuestión existencial por excelencia, ya que los seres humanos somos seres abiertos al futuro, somos posibilidad, y la muerte se constituye como el límite último e infranqueable de todas nuestras posibilidades. ¿Qué más importante, entonces, que preguntarnos por el modo en que nos relacionamos con ese límite último?

No siempre somos conscientes de nuestra mortalidad. Esa consciencia, ese descubrimiento de que nosotros también nos vamos a morir aparece en algún momento o circunstancia. Los niños suelen tener la sensación de que aquello que le pasa a otros no les va a pasar a ellos, que la muerte solo sucede en la televisión o que solo le pasa a personas poco conocidas o desconocidas. Pero esa sensación, en algún momento, recibe un fuerte golpe. Tal vez la muerte de algún ser querido o la presencia de una enfermedad grave en alguna persona conocida –o en una mascota– les hace percatarse de que la muerte no es algo externo. De este modo, en algún momento, los niños comienzan a tener consciencia de su mortalidad. Más que de consciencia, habría que hablar de certeza, la certeza de que algún día la muerte sucederá indefectiblemente. Y esa consciencia es fuente de preguntas filosóficas, como las que se hace la niña Elsa en la citada película La mariposa. Los adultos debemos hacer frente a esas preguntas o, incluso, a las angustias que los niños expresan cuando hacen este descubrimiento. Y es bueno saber cómo posicionarnos ante esa situación. Mejor dicho, más que saber cómo posicionarnos es deseable que nosotros, en tanto adultos, nos preguntemos qué nos pasa con nuestra relación con la muerte.

Lo que propongo no tiene un objetivo morboso. Queramos o no, seamos más o menos conscientes, no podemos negar que la muerte nos pre-ocupa, que nos ocupa mucho antes de que sobrevenga.

Por eso se ha dicho –lo ha dicho Borges en varias oportunidades– que los seres humanos son los únicos seres mortales. No solo porque se van a morir, sino porque son conscientes de que se van a morir. Los demás seres vivos también morirán pero no poseen esta consciencia. La muerte es un problema que afecta y condiciona la vida humana. Se siente su presencia, se la anticipa y, por esta capacidad de anticipación, se la siente como un límite ineludible para los proyectos humanos.

Porque somos mortales, y porque sabemos que somos mortales, nos preguntamos por el sentido de la vida, por el sentido de nuestras acciones, por lo que la muerte significa. Porque sabemos que somos mortales, nos volvemos pensantes y, ¿por qué no?, nos volvemos un poco filósofos.

Y los filósofos suelen dialogar con lo que han dicho, acerca de preguntas similares, otros filósofos en distintas épocas. Propongo, entonces, que dialoguemos con algunos de ellos. Por ejemplo, con el filósofo cristiano Blaise Pascal, de quien se publicaron sus Pensamientos en 1670.

Pascal se pregunta por qué necesita el rey del bufón. Por qué el rey, que lo tiene todo y que es tan poderoso, necesita de los divertimentos que le presentan sus bufones. Y se responde: porque también el rey necesita olvidar su ser mortal. Dice Pascal (2001) que la realeza es el más hermoso puesto del mundo. Y sin embargo, si no tiene eso que se llama divertimento, veremos al rey desgraciado, más desgraciado que el más ínfimo de sus súbditos, que juega y se divierte.

Pareciera ser que el único bien de los seres humanos consiste en estar divertidos y en no pensar en su condición. No es que en el divertimento haya felicidad. Solo se busca el ajetreo para no tener que pensar en nuestra débil condición. Razón por la que se ama más la caza que la presa. De ahí viene que los seres humanos amen tanto el ruido y el alboroto, que la prisión sea un suplicio tan horrible, que el placer de la soledad sea algo incomprensible. De ahí que haya que procurar a los reyes todo tipo de placeres y diversiones. El rey está rodeado de gentes que no piensan más que en divertirlo y en impedirle pensar en sí mismo. Porque si piensa en ello, será desgraciado.

Sin embargo, esta búsqueda de entretenimiento para olvidar nuestra mortalidad es una búsqueda vana. Somos seres extremadamente frágiles. Un viento puede destruirnos. Pero solo la consciencia de nuestra fragilidad nos hace grandiosos, nos hace ser superiores a los demás seres vivos.

Muchos siglos antes que Pascal, el filósofo griego Epicuro consideró necesario liberarnos de ciertos temores infundados que no nos permiten ser felices o, al menos, vivir una vida apacible. Entre esos temores se encuentra el temor a la muerte. Epicuro no propone el olvido de nuestra condición mortal ni la búsqueda de entretenimiento para apaciguar nuestra angustia. Propone la liberación de esa angustia o de ese temor, porque no hay razones para angustiarse ni temer ante la muerte.

¿Por qué el temor a la muerte es infundado? Porque cuando estamos vivos la muerte no está presente y cuando la muerte llega somos nosotros quienes ya no estamos. La muerte, para Epicuro, equivale a la ausencia de sensación y al fin de nuestro ser. ¿Para qué, entonces, preocuparnos por algo que cuando se presente ya no podremos sentir?

Ordeno su argumento. Epicuro (1998) sostiene que la muerte ocasiona un temor que no tiene sentido por las siguientes razones:

La muerte es la ausencia absoluta de toda sensación.

Todo lo bueno y todo lo malo, todo lo placentero y doloroso, dependen y surgen de nuestras sensaciones.

Si la muerte es ausencia de sensación, no puede ser algo malo.

Cuando la muerte llega, nosotros ya no estamos –ya no sentimos–. No es razonable preocuparnos por algo que no sentiremos cuando se haga presente.

Algunos fragmentos escritos por el propio Epicuro, extraídos de su Carta a Meneceo, son muy claros al respecto:

Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. [...] El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente, nosotros ya no existimos. [...]

Acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros. Porque todo bien y todo mal residen en la sensación, y la muerte es privación del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que la muerte nada es para nosotros hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de inmortalidad. [...]

Así que el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto que mientras existimos la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta ya no existimos. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquellos no está y éstos ya no son [...]. El sabio no rechaza la vida ni teme el no vivir, porque no le abruma el vivir, ni considera que sea algún mal el no vivir (1998, p. 59).

Una idea similar esgrime el filósofo francés Michel de Montaigne, creador del género “ensayo”, quien vivió entre 1533 y 1592. Para Montaigne (1994), toda sabiduría y todo razonamiento deben concentrarse en un punto: el de enseñarnos a no tener miedo de morir, ya que menospreciar la muerte y perderle el miedo nos permite lograr en nuestra vida una “dulce tranquilidad”. Por el contrario, temer a la muerte es fuente y causa de un continuo dolor y tormento imposible de aliviar, ya que la muerte es inevitable.

Para algunos, el remedio es no pensar en ella. Mucha gente prefiere no hablar del tema o hablar con eufemismos. Por ejemplo, en lugar de decir que alguien ha muerto, muchos prefieren decir que “dejó este mundo” o que “dejó de vivir”, como si no pronunciar la palabra muerte ya constituyera un alivio. Pero no hablar de la muerte o no nombrarla constituye, para Montaigne, una postura errónea. La muerte no es un enemigo que podemos evitar o vencer. Si se la pudiera vencer, lo aconsejable sería ser valientes y enfrentarla. Pero la muerte es inevitable e invencible: atrapa tanto al valiente como al cobarde. Ante la muerte, ningún hombre es más frágil que los demás y ninguno está más seguro del día siguiente. Por eso, lo que hay que aprender es a aguardarla y a despojarla de su extrañeza. No pensar en ella –o no querer hablar de ella– hace que nos parezca un acontecimiento extraordinario cuando sucede. Querer evitarla hace que cada muerte de un ser humano nos resulte algo increíble o que no debiera suceder.

Montaigne aconseja a sus lectores: “habituémonos, acostumbrémonos a ella. No pensemos en nada con más frecuencia que en la muerte; en todos los instantes tengámosla fija en la mente, y veámosla en todos los rostros” (1994, p. 129). La premeditación de la muerte es premeditación de libertad porque “quien ha aprendido a morir olvida la servidumbre. No hay mal posible en la vida para aquel que ha comprendido bien que la privación de la misma no es un mal. Saber morir nos libra de toda sujeción” (Ibíd., p. 130).

Según este autor, sus consejos no son vanos, ya que él mismo los ha llevado a cabo. Entre sus afirmaciones, se encuentran las siguientes:

Ahora en todo momento me encuentro preparado, y la llegada de la muerte no me sorprenderá, ni me enseñará nada nuevo. Es preciso estar siempre calzado y presto a partir tanto como de nosotros dependa, y sobre todo guardar todas las fuerzas de la propia alma para el caso: [...].

Veo la muerte con mucho menos horror que antes, lo cual me permite esperar que cuanto más viejo sea, más me resignaré a la pérdida de la vida. En muchas circunstancias he tenido ocasión de experimentar la verdad del dicho de César, quien aseguraba que las cosas nos parecen más grandes de lejos que de cerca, y así, en perfecta salud, he tenido más miedo a las enfermedades que cuando las he sufrido (Ibíd. 133-134).

Además, para Montaigne es absurdo llorar o lamentar el dejar de existir. ¿Por qué no lloramos el no haber existido antes de nacer? ¿Por qué nos entristecemos al anticipar el hecho de que no viviremos dentro de cien años, pero no nos entristecemos por no haber vivido hace cien años? Nuestra vida, comparada con la eternidad, o con las montañas, los ríos, las estrellas, o los árboles, dura muy poco tiempo. Pero la muerte da lugar a nueva vida y el fin de cada uno es uno de los componentes del orden del universo.

En las antípodas de estas concepciones de Epicuro y Montaigne, se encuentra, por ejemplo, el filósofo español Miguel de Unamuno. Para Unamuno, ninguna razón puede mitigar o eliminar el temor a la muerte, pues todos los seres humanos deseamos vivir, y ese deseo no es racional. No es la razón la que nos hace querer ser inmortales. Rechazar la muerte y querer la inmortalidad de nuestra alma es algo propio de la naturaleza humana. En su libro Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno (1983) afirma que todo ser humano quiere seguir viviendo, quiere perseverar en su ser. Todo ser humano quiere no morir, y ese querer no tiene plazos: quiere vivir por siempre, por un tiempo indefinido o infinito.

Unamuno cuenta que en su infancia no lo conmovían tanto las escenas del infierno que veía en algunas obras pictóricas. Lo que lo conmovía era la nada. La nada era lo horrible. La causa de ese horror es lo que Unamuno llama “el hambre de ser” o “el hambre de vivir”. “Nunca [...] me hicieron temblar las descripciones, por truculentas que fuesen, de las torturas del infierno, y sentí siempre ser la nada mucho más aterradora que él. El que sufre vive, y el que vive sufriendo ama y espera” (1983, p. 33).

Cada ser humano desea seguir viviendo y seguir siendo quien es. Los consuelos que ofrecen Epicuro o Montaigne son inútiles. No es un consuelo saber que la muerte es la ausencia de sensación o que todos, tarde o temprano, moriremos. Tampoco es consuelo saber que al morir damos lugar a otras vidas. Lo que nos interesa es nuestra propia vida, nuestro propio yo, por ínfimo que este sea frente al universo. Es que “para el universo soy nada, pero para mí soy todo” dice Unamuno (Ibíd., p. 34).

Todo lo que los seres humanos hacen, todo lo que conocen, todo lo que sienten, está al servicio de la necesidad de vivir, y primariamente al servicio del instinto de conservación personal. El instinto de conservación, el “hambre de ser”, es el fundamento del individuo humano. En palabras de Unamuno: “¿Por qué quiero saber de dónde vengo y adónde voy, de dónde viene y adónde va lo que me rodea, y qué significa todo esto? Porque no quiero morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?; y si muero, ya nada tiene sentido” (Ibíd., p. 56).

Quererse a sí mismo es quererse eterno, es no querer morirse, es ansia de inmortalidad. Y es imposible que un ser humano acepte su no existencia o se conciba como no existiendo. Es verdad que en otro tiempo no hemos existido, pero una vez que comienza nuestra existencia se nos hace imposible pensar en nuestra extinción como sujetos.

Intenta, lector, imaginarte en plena vela cuál sea el estado de tu alma en el profundo sueño; trata de llenar tu consciencia con la representación de la inconsciencia, y lo verás. Causa congojosísimo vértigo el empeñarse en comprenderlo. No podemos concebirnos como no existiendo. ¡Eternidad!, ¡eternidad! Este es el anhelo: la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él (Ibíd., p. 61).

El ansia de eternidad es un desenfrenado amor a la vida y no hay razones que puedan convencernos de que no tiene sentido creer en la inmortalidad. La que no tiene sentido es nuestra vida si esa vida no es eterna: “Si del todo morimos todos, ¿para qué todo? ¿Para qué?” (Ibíd., p. 66).

En un fragmento apasionado de su libro Del sentimiento trágico de la vida, afirma Unamuno: “No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia. Yo soy el centro de mi universo, el centro del universo…” (Ibíd., p. 68).

Todas las razones en contra de la inmortalidad del alma, todas las razones en contra del temor a la muerte, son solo razones que no apaciguan al corazón. Debo admitir que mi sensibilidad tanguera me ubica cerca de Unamuno –el tango es sincero como Unamuno y expresa el sentir antes que el pensar o el pensar que surge del sentir–. La razón no puede, por más buenos argumentos que esgrima, desactivar el sentimiento profundo ligado al deseo de vivir. Además, las razones del corazón también son razones, aunque no puedan ser traducidas en palabras.

Pero también pienso que ese deseo de vivir o “hambre de vivir”, como lo llama Unamuno, se debe justamente a nuestra consciencia de nuestra mortalidad. Nuestra vida es amable porque la sabemos finita. Porque morimos, apreciamos la vida. Porque morimos, deseamos que nuestras vidas sean vidas “bien vividas”, deseamos no desperdiciarlas. La consciencia de la finitud de nuestras vidas pareciera obligarnos a no desaprovechar la oportunidad de vivir una vida con sentido.

Es así que la muerte nos hace ver las cosas bajo otra luz. Ante la presencia de la muerte, muchas cosas que nos preocupan en el presente se vuelven ridículas. Mucho de lo que nos angustia y ocupa se torna insignificante y trivial frente a la posibilidad de la muerte. Por eso, pensar en la muerte es también pensar en lo que la vida tiene de más valioso –por ejemplo, el amor o la amistad–. Porque sabemos que vamos a morir sabemos también que estamos vivos.

Como dice Fernando Savater (2003), las plantas y los animales no están vivos en el mismo sentido en el que lo estamos nosotros. Nosotros no solo vivimos. Nosotros, además, pensamos en cómo nos conviene vivir. Pensamos en nuestra vida porque la certeza de la muerte es lo que hace que la vida sea tan importante. La consciencia de nuestra mortalidad es, a la vez, la razón por la cual agradecemos el estar todavía en este mundo. Y podemos conjeturar que si las personas desconocieran su destino mortal, desconocerían también la alegría vital.

En este punto, viene a mi mente –adviene– un bello vals escrito por Homero Expósito. Me refiero a Pedacito de cielo:

[...]

Los años de la infancia

pasaron, pasaron…

La reja está dormida de tanto silencio

y en aquel pedacito de cielo

se quedó tu alegría y mi amor.

Los años han pasado

terribles, malvados,

dejando esa esperanza que no ha de llegar

y recuerdo tu gesto travieso

después de aquel beso

robado al azar...

[...]


(Pedacito de cielo. Letra: Homero Expósito.

Música: Enrique Francini y Héctor Stamponi.)

Quien enuncia estas palabras es alguien que ha vivido, tal vez un hombre ya mayor. A la luz de la muerte o consciente de su finitud se queja desesperadamente, “unamunianamente”, del paso de los años. Pero también, gracias a esa consciencia y a esa luz mortal, aprecia lo valioso de la vida: “recuerdo tu gesto travieso / después de aquel beso / robado al azar”.

En otro sentido, lo valioso de la vida y lo valioso de este mundo humano que hemos construido o ayudado a construir, es también lo que se intenta transmitir a través de la educación. La educación pretende, entre otras cosas, hacer que la vida de las personas sea valiosa y valorada, que puedan disponer de herramientas conceptuales y técnicas para hacer frente a los desafíos de la vida y a la necesidad de formular proyectos, y hacerlos realidad. Además, la transmisión de conocimientos propia de la función de educar es transmisión de aquello que los adultos consideran valioso y que ha sido construido por la sociedad y, en un sentido más amplio, por la humanidad. Es transmisión de lo que se considera necesario de ser conservado y apropiado por las nuevas generaciones. Es decir: la educación transforma en perdurable lo que, de otro modo, moriría, sería olvidado. A su vez, las nuevas generaciones transforman lo dado por los adultos –padres, educadores– y construyen nuevas tradiciones que serán transmitidas a través de la educación. Hay una relación estrecha, entonces, entre educación y valor de la vida, y entre educación y lucha contra la muerte.